LAS SACAS con las papeletas de la emigración se han convertido en protagonistas de unas elecciones dominadas por la incertidumbre. Lo que había sido ideado como colchón de seguridad se presenta ahora como un bote salvavidas. Más emoción no es fácil. El encuentro se solventará con prórroga y penaltis. La imagen que se proyecta no es positiva. Y no tanto por la procedencia exterior de los votos, sino por el modo en que se emiten y se tramitan. Lo peor que puede sucederle a unas elecciones es la desconfianza que genere el procedimiento. De ahí las cautelas de la legislación electoral para que no se produzca. Cualquiera que sea lo que acontezca con el recuento, parece que existe opinión común acerca de la necesidad de mejorar todo lo que atañe al voto de los ausentes. Entre tanto no se haga, han de respetarse las reglas que han sido aceptadas por todos los contendientes. Mientras esperamos el desenlace, se impone un rápido repaso de lo acontecido, que muestra una poliédrica peculiaridad. Aunque parezca paradójico, el ganador es perdedor; quien pierde, gana. Los electores se han mostrado favorables de un modo mayoritario al PP. Con los tantos por ciento obtenidos, volcados en unas generales, si se repitiesen, además, en otras comunidades autónomas, el PP resultaría victorioso. Con ese punto de vista, podría concluirse que Rajoy venció a Zapatero. Otra conclusión se deduce desde la perspectiva autonómica. Lo que estaba en juego era si el PPdeG conservaría la mayoría absoluta, que posee desde hace quince años. Con los datos de aquí ha quedado cerca de conseguirlo. Las elecciones han puesto a prueba la fortaleza, nada desdeñable, del PP en Galicia. Resistir era ganar. La cruda objetividad muestra que el combinado Touriño-Quintana derrotó a la candidatura de Fraga. El vuelco en la ciudadanía coruñesa resulta muy ilustrativo de la insuficiencia de la táctica seguida. De otra parte, si las sacas que llegan de la diáspora atribuyen al PP el disputado escaño de Pontevedra, no me parecería erróneo atribuírselo a la persona del actual presidente en funciones. Nos encontramos ante un innegable punto de inflexión en la curva de nuestra historia autonómica. Una personalidad tan acrisolada y de tan larga trayectoria pública como Manuel Fraga cedería la presidencia a un socialista. No es la primera vez que un miembro del PSdeG accede a esa alta representación. La circunstancia es ahora diferente. Sería nuevo, también, el acceso del BNG a la Xunta. Si el presidente en funciones continuase, tendría necesariamente que leer lo que con tanta claridad arroja la escasísima diferencia que permitiere su continuidad. Las elecciones se plantearon como una disyuntiva tajante. Lo que sale de ellas, en todo caso, es una Galicia dividida en dos, con un respaldo popular parejo, aunque se distribuya desigualmente entre tres opciones. Un mal escenario para afrontar el próximo futuro. La única alianza visible es la que establezcan socialistas y nacionalistas. El tablero elegido no da para otras variables. Mientras subsista esa dificultad estructural, el interés de Galicia bien merecería que se arbitrasen soluciones para la aproximación de lo que se presenta como antagónico. En la hipótesis del triunfo del PP sería la ocasión para que el presidente Fraga impulsase una convergencia histórica desde su mayoría solitaria. Si se confirman los resultados actuales, a Pérez Touriño corresponde, con Quintana, realizarla desde el cambio pregonado. Las sacas despejarán quién tendrá la oportunidad.