EL RELEVO próximo de la Xunta se ha confirmado. No ha habido sorpresas, ni motivos para desestabilizar el resultado. Se cierra una etapa. Se inicia el ocaso de la larga trayectoria pública de Manuel Fraga. El alto número de votos recibidos en su última comparecencia electoral lo amortigua, como el sol de verano estrenado cubre el lento acortamiento de los días. Era consciente de la dificultad que suponían unas elecciones, a las que se presentaba por quinta vez. Lo declaró de varias maneras a sus compañeros y a los electores. Jugaba en contra de la ola sutil que se genera siempre. En esta ocasión sopló con fuerza la del cambio. Se enfrentó a ella sosteniendo que ya se había realizado. No fue suficiente. Había más pasado que futuro. Los condicionamientos partidarios en Galicia no jugaron a su favor. El mismo manifestó que volvía a presentarse para garantizar la unidad del Partido, aunque su candidatura respondiese también a la convicción de que era lo mejor para Galicia. La apreciación en el electorado de una tensión interna no ayuda nunca al éxito. La táctica seguida no favorecía el entusiasmo de quien no estuviera previamente alineado. Se aspiró a no perder la posición más que a ganar. Se daba por descontada la pérdida de algún escaño; la mínima para conseguir una raspada mayoría absoluta, a lo que apuntaban los sondeos más favorables. No ha de centrarse, por ello, la atención en el disputado escaño de Pontevedra. La victoria se hubiera inclinado del lado popular si, por ejemplo, no hubiera perdido el de A Coruña. Es la orientación general de los votos lo que resulta significativo, desde el punto de partida. La potencia indudable de la maquinaria del PP no ha impedido que el Amazonas, en la frase recordaba de la derrota de UCD en las primeras elecciones autonómicas en Galicia, cambiase ahora el curso seguido desde hace más de cinco lustros. Parece razonable que, en este alto del viaje de la vida de quien ha sido referente público de Galicia, el pensamiento vaya al período que culmina y a los proyectos de un futuro diferente. Atrás queda, para el juicio de la historia, lo realizado. Al juicio del hombre, lo que podría realizarse. Una tarea incompleta, que hubiera podido esperarse, era la iniciativa patriótica de un entendimiento con las otras dos fuerzas políticas y la implicación de la sociedad para sentar las bases de un programa de acción común para Galicia. En esa dirección pareció orientarse el acercamiento a Beiras en los comienzos de la legislatura que el Prestige hizo naufragar. El objetivo sigue en el horizonte aunque los papeles de los actores hayan cambiado. El ahora presidente en funciones no descartó el resultado adverso, aunque buscase con ahínco la victoria. Algo de arquetipo clásico tenía esa previsión. Trae a la memoria el parlamento de Bruto, en el Julio César de Shakespeare, siempre a la mano de quien se encuentra en las alturas del poder. Poco antes de su derrota en Filipos recuerda a su lugarteniente Casio: «Nuestros amigos, nos dieron ya lo último, nuestras legiones están completas y nuestra causa en sazón¿ Nosotros, en la cúspide, expuestos al reflujo». En el nivel que le ha colocado la Historia debiera mantenerse y sus correligionarios ayudarle. La transición requiere fortaleza de ánimo y reconocimiento institucional.