CON EL TIEMPO y con la perspectiva que aporta, algunos políticos ganan en valoración y significado. Así Adolfo Suárez, engrandecido por su vida, por su aportación a la democracia y por situar el espectro político español en el centro. También Felipe González hizo posible transformar posiciones de izquierda radical en el centro izquierda de la socialdemocracia. El mismo Fraga facilitó la modernización de la derecha tradicional y la comprensión y defensa del modelo autonómico desde un enfoque regionalista. Incluso Aznar en su primera etapa aportó un avance interesante hacia el posicionamiento político del centro derecha. Se ve, por tanto, cómo la estabilidad y el equilibrio político de nuestra transición están ligados a un proceso de moderación, de modernización, de comprensión y de tolerancia, aunque ello no signifique transigir en los principios, que son los que marcan la identidad ideológica de los partidos. Por eso, mirando hacia atrás, desde hace un tiempo empiezo a sentir una inquietud creciente ante la radicalización de la política española; mucho más que la propia sociedad, que en su mayoría seguimos en posiciones de centro, con los apéndices ideológicos que se quiera. En efecto, el Partido Popular a nivel nacional está escorándose hacia una peligrosa derecha radical, que con el amparo o apoyo de los grupos católicos más radicales, como el Opus Dei o los Legionarios, involucionan hacia una nueva versión del nacional-catolicismo, de tan mal recuerdo, lo cual ocurre siempre que la religión y el poder establecen alianzas por ese mismo poder. Por otro lado, la radicalización de los nacionalismos, en este caso no ideológica, está creando graves problemas que de momento apenas aportan soluciones a un marco de convivencia común, cuyo deseo tampoco se manifiesta. Y si con este panorama miramos a Galicia, la situación aún está menos definida. El PP gallego no logró finalizar su transición democrática. Aquí seguimos diferenciando entre los rurales y los urbanos, una dicotomía social y territorial ya superada en sociedades avanzadas. Pero detrás de esos nombres apenas hay contenidos ideológicos, mas bien defensa de intereses. Es como si la derecha gallega no hubiera alcanzado su madurez .Con una prueba basta. Pregúntese cada uno cuál es la ideología de cada uno de los políticos gallegos de la derecha. Seguramente no la encuentren, salvo en su propio presidente, porque Fraga, se esté de acuerdo o no con él, sí tiene una ideología, sí sabe lo que es una derecha con principios. Por eso, así como el PP a nivel del Estado necesita reorientarse hacia el centro derecha, la derecha gallega necesita posicionarse en el espectro político como un partido al que une su identidad, sus principios, sus convicciones. De lo contrario, los intereses no dejarán de ser un factor permanente de inestabilidad, de desencuentro, por basarse únicamente en el acceso al poder y lo que éste conlleva de influencias, privilegios, enriquecimiento y control social. Y sobre estas bases no se construye un partido. Y un país democrático, y la democracia misma, necesitan una derecha consolidada, renovada, para hacer viable la alternancia, cuya posibilidad aporta uno de los factores claves para un ejercicio democrático del poder. Tal vez ésta sea la oportunidad que antes los sucesivos compromisos electorales impidieron.