No es la irritante ciudad habitada por unos seres flemáticos, excéntricos y displicentes que pintaba el viejo tópico. No. Londres es hoy esa capital necesaria e irrenunciable, a la vez abierta, multicultural y diferente, que capta y seduce por la fe que tiene en su propia singularidad. (Yo le debo el recuerdo imborrable de sus hippies de los años setenta, que me dieron alojamiento en sus guaridas marginales, cuando me encontraron vagando por Victoria Station). Novalis decía que «no sólo Inglaterra es una isla, sino que todo inglés es una isla». Exageraba al generalizar, pero no al poner el énfasis en la estima anglosajona por su propia distinción, que tanto ha irritado a los franceses y a otros europeos. Todavía en 1969 se podía leer en Le Monde que los ingleses «no pueden hacer nunca las cosas como los demás y hasta tienen tendencia a jactarse de ese empeño de originalidad». Existían diferencias en pesos, medidas, monedas, etc., pero no mucho más. Desde siempre, Londres no ha hecho más que avanzar hacia la gran metrópoli internacional que hoy es. Esa capital indispensable que ayer fue brutalmente zarandeada por un terrorismo salvaje que sólo entiende de muerte. ¡Lo contrario de la vitalidad democrática que Londres representa!