SITÚESE en su calle. El lugar en el que vive. Donde compra el pan. Y ahora, imagine. De repente, de buena mañana, doblan la esquina centenares de mujeres y hombres corriendo. Como posesos. Chocando. Pisándose. Gritando. Encaramándose a las vallas publicitarias. El estruendo es ensordecedor. Y el miedo, el telón de fondo. ¿Qué sucede? La respuesta llega enseguida. Sólo un poco detrás de la masa aparecen las bestias. Enormes. Temibles. También doblan la esquina. También corren. Son animales rabiosos, asustados... No dudarán en llevarse por delante a aquel que se atreva a obstaculizar su histérico avance. ¿Es el fin del mundo? ¿La última película de Spielberg? ¿Se han abierto las puertas del averno? Qué va. Sólo serían los sanfermines, pero trasladados a su calle. Con todo el respeto a los que disfrutan de esa fiesta (que puede acabar con varios heridos en una mañana) a mí no hay quien me quite una ristra de preguntas. ¿Qué mecanismo mental lleva a alguien a ponerse a trotar delante de un toro? ¿Por qué los cabrean todavía más de lo que ya están dándoles golpes con periódicos en la cabeza? ¿Cuál es el mérito de todo eso? ¿Surtiría el negocio el mismo efecto si se echasen a correr gatos? ¿Gallinas? Uno, que es muy ignorante, no da crédito. Y cada año que pasa, menos crédito da. ¿Por qué? Porque yo, si viese un toro desbocado en plena vía pública, me meto en un portal y pista. Lo otro, en serio, no lo entiendo.