LA VERDADERA guerra contra el terrorismo implica abordar el problema de frente y en toda su complejidad. El terrorismo integrista debe combatirse en todas sus dimensiones, y la de sus causas profundas no es precisamente la menor. Es verdad, como sin duda se me objetará, que para los fanáticos que provocaron las masacres de Nueva York, Bali, Madrid o Londres, el conflicto palestino o la ocupación ilegal de Irak son meras coartadas con las que justificar sus crímenes; que su verdadero objetivo es el ataque a los valores que sostienen nuestra civilización. Pero no es menos cierto que, entre la injusticia y violencia cometidas contra el mundo árabe-musulmán, los terroristas crecen como plantas venenosas en un terreno abonado por defoliantes. El caldo de cultivo del terrorismo es bien conocido: la miseria, el subdesarrollo, la violencia y el resentimiento que todo ello produce. Naturalmente, tratar de comprender y explicar las bases que dan oxígeno al terrorismo integrista no significa en modo alguno justificarlo. Pero desligar este fenómeno de sus raíces sociales, políticas e históricas equivale a renunciar a la construcción de una estrategia capaz de combatirlo y derrotarlo. Así las cosas, es urgente que nuestros gobiernos respondan con claridad a algunos interrogantes. ¿Estamos dispuestos a sacarle el agua al pez, es decir, a arrebatar a los terroristas toda fuente de legitimidad? Si es así, debemos tomar conciencia de que es imprescindible una política común antiterrorista que, al tiempo que persigue sin tregua a las organizaciones criminales, incorpore la dimensión política y económica del conflicto, dejando sin coartada a los fanáticos, aislándolos tanto en sus países de origen como entre las comunidades de inmigrantes en Europa. ¿Seguiremos apoyando a anacrónicas teocracias y a regímenes autocráticos y represivos odiados por sus pueblos? ¿Continuaremos respaldando a EE. UU. para que, como hicieron Francia y el Reino Unido en 1920 y los tres grandes en Yalta, configure el nuevo mapa de Oriente Próximo conforme a sus exclusivos intereses, sin que los pueblos del Machrek -con excepción de Israel y las petromonarquías del Golfo- puedan influir en el reparto de recompensas y castigos de la pax americana? ¿Estamos decididos a implantar la transparencia en el flujo de capitales y a perseguir al terrorismo en lugares como el sistema financiero, en los circuitos oscuros del dinero, en las alcantarillas putrefactas de la globalización que los integristas aprovechan para poner en circulación sumas astronómicas que les permiten corromper a intermediarios, comprar armas, reclutar asesinos y financiar actividades religiosas propicias al desarrollo del fanatismo? Estos interrogantes no surgen porque sí en la mente omnisciente de algunos teóricos, sino del análisis de muchos años de lucha antiterrorista. Esperamos las respuestas. Pero lo único que los demócratas de cualquier latitud no podemos admitir es ese falso e interesado dilema que enfrenta seguridad con libertad.