16 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

LA ASOCIACIÓN de Víctimas del Terrorismo ha conseguido que sea admitida a trámite la querella presentada contra los directivos del Partido Comunista de las Tierras Vascas. La vía elegida puede, o no, tener éxito. No pretendo analizar los vericuetos jurídicos de la acción emprendida, sino subrayar el significado que puede tener la iniciativa desde el punto de vista, más general, del comportamiento de la sociedad. No se caracteriza la tradición vigente en nuestro país por un comportamiento activo de la sociedad en relación con los asuntos públicos, más allá de la participación esporádica en las elecciones. Ciertamente no es poco; pero no resulta satisfactorio desde las coordenadas de un sistema democrático maduro. Se tiende, en exceso, a dejar los asuntos de trascendencia social, en manos de los representantes políticos. Da la impresión de ser una sociedad acomodada, centrada en lo inmediato, con una acusada pasividad ante lo que lo trascienda. Característico de la situación actual es no tanto que la sociedad esté conforme con decisiones políticas que implican un cambio profundo de valores consolidados, vivos o aceptados con un grado notable de inercia, sino que no se oponga a ellas. Algo de lo que el poder político es consciente y con lo que actúa con una rentable coherencia. Y así se explica que asuntos no prioritarios para la ciudadanía, como unos nuevos estatutos de autonomía, sean colocados por los políticos en el candelero de la opinión pública. Es práctica frecuente, sin necesidad de acudir al joven Marx, acomodar la acción de gobierno a lo que resulta de la auscultación de la sociedad. Se convierte, de ese modo, en ley lo que se detecta como socialmente mayoritario. Eso, a su vez, depende del grado de pasividad del sondeado. En nuestro caso, me temo que responda a unas constantes de vitalidad más bien bajas. De ahí la importancia de las reacciones surgidas desde dentro de la sociedad misma, trátese de organizaciones o movimientos de todo tipo, como de manifestaciones puntuales para hacerse presentes ante los responsables políticos y en los medios de comunicación. Hechos acaecidos no hace mucho, como las manifestaciones en torno a las víctimas del terrorismo o en defensa de la familia, constituyen un síntoma positivo de que algo se mueve, con independencia de que hayan sido apoyadas por un partido político. No parece que hayan tenido éxito inmediato en lo que se proponían. Probablemente, porque los destinatarios han percibido que las iniciativas se encuentran distanciadas todavía del punto crítico adecuado para el desperezamiento de la mayoría social. Van, sin embargo, en la buena dirección. «No cambiarán nuestros valores», ha sido el mensaje de Tony Blair ante los recientes atentados en Londres. No deberíamos mirar sólo fuera de la civilización occidental, ni a fríos fanáticos del terror. ¿No se están cambiando entre nosotros valores que estructuran la sociedad, cuando se debilita la familia en aras de resolver situaciones de conflicto, se desfigura la imagen del matrimonio o se prescinde del hecho religioso -de la trascendencia- en la educación? Es en el terreno de la sociedad donde ha de jugarse, sin privilegios ni complejos, la defensa de lo esencial -sin gangas accidentales- de valores que sigan siendo referencia para las nuevas generaciones. En uso de una libertad que compromete a la acción, sin paternalismos del Estado, sin inhibiciones partidarias, ni coacciones psicoideológicas. Aunque los movimientos de la sociedad sean lentos, vale la pena estimularlos.