VAS al corazón verde de Galicia, a Aranga, y te encuentras al lado del río y entre los árboles a una familia venezolana. Una de las mujeres te cuenta la violencia de su país, cómo fue secuestrada en su carro. Regresas a la ciudad y estás con una guatemalteca que sabe que el fruto cae maduro del árbol. Unas argentinas te dejan por escrito un bello razonamiento de cómo el mate es una de las bellas artes, toda una ceremonia. Cenas con otro argentino y una colombiana y te explican cómo los acentos se cruzaron con el amor, de Bogotá a Buenos Aires, destino Galicia vía Calpe. Vas a la boda de tu compañero, que es de Camerún y se casa con una gallega. El enlace termina con un grito conmovedor de la hermana del novio. Es la manera que allá tienen de expresar el gozo de la fiesta. Un gallego que sueña con Ciudad del Cabo descubre la relación entre el grito camerunés y nuestro aturuxo. Es la nueva Galicia, sin siglas políticas, donde todo es posible y lo mejor está siempre por suceder. Mezclarse nunca ha sido malo. Lo malo es separarse y señalar con el dedo. La guinda: tu hija pequeña llega a casa y te dice que dejó como novio al conductor del bus por un niño que se llama Iker. No tiene sentido ponerle puertas al mar. cesar.casal@lavoz.es