LOS ÚLTIMOS días en la Presidencia de la Xunta se consuman. La suerte quedó echada en las urnas. Se dice adiós a un entorno que ha sido rutina cotidiana durante quince años. El cambio de escaño en el Parlamento es la primera muestra del que va a ser definitivo en las sedes de la Xunta. Del azul, al naranja amargo de un fracaso electoral. Se abre un período para la reflexión personal al abrigo del verano en Perbes. El mismo que hace ahora un año fue el escenario donde el todavía presidente Fraga rumió la decisión de presentarse por quinta vez a las elecciones autonómicas. Una de las más importantes de su larga vida pública y la de más negativas consecuencias, porque no ofrece margen razonable para la rectificación. Permanece el pedaleo en la bici de una Presidencia en funciones. Todavía no hay ambiente propicio para la introspección. Aunque es inevitable que se haga presente en momentos de soledad. Es preciso desarrollar las funciones y concluir con dignidad el mandato. Requiere un esfuerzo adicional, en el que los colaboradores del presidente deben ayudar, y sus dignos rivales, hoy vencedores, comprender. Más adelante, entre baño y baño, el diputado Fraga tendrá ocasión de reflexionar sobre años de gobierno y por qué se perdieron las elecciones. Las elecciones también se pierden. La respuesta apuntará a una responsabilidad solidaria. Porque, frente a una versión, de la que el protagonista no es totalmente ajeno, el gobierno de Fraga en la Xunta fue mucho menos personal e imperativo de lo que aquella imagen sugiere. Quienes le rodearon en la acción de gobierno han tenido una gran capacidad de influir en las decisiones. Y lo mismo ha sucedido con las relativas al funcionamiento del partido que preside. A la vez, no ha contado con la declaración valiente de advertir la desnudez que resulta de un traje imaginario fabulado por cortesanos complacientes. El éxito consistía en no crearle problemas al jefe. Como cuestión pendiente para un verano singular quedará la decisión de cómo orientar su tarea en relación con el partido. No menos ardua que la de su última candidatura a la Presidencia de la Xunta. Ahora funciona una inercia lógica: la instalación en el despacho que corresponde al jefe de la oposición en el Parlamento, las mil incidencias del traslado de residencia y las previsiones para un nuevo acomodo personal. Esa inercia no será suficiente en el otoño. En este período transitorio desde el 19 de junio, cada día tiene su afán. Se ha ido cumpliendo con las obligaciones previstas. Falta un hito relevante: la solemnidad de mañana, bajo el patrocinio del Apóstol Santiago, invocado con frecuencia por el presidente. Un remate solemne de la singladura al frente de la Xunta. Brinda la oportunidad para que el discurso en el acto de la entrega de las medallas de Galicia merezca la calificación de magnífico, por la grandeza de sus pronunciamientos, aunque se exprese con el alma dolorida. El del debate de investidura corresponde ya al futuro y no estará libre de una orientación partidaria. Las revueltas de la vida recondujeron a Manuel Fraga a donde se encuentran sus raíces. Atrás quedan para el juicio cinco lustros de gobierno. El próximo domingo habrá un nuevo presidente, que será el referente principal en el ciclo que se inicia. Hay fuego que devora vidas y provoca crispación en nuestro país. Hay un golpe reincidente de terror en nuestro occidental Londres. Pero hoy tocaba la despedida al presidente de Galicia que termina.