HEMOS PERDIDO a un amigo demócrata. Por eso la desaparición del rey Fahd de Arabia Saudí nos deja sumidos en la desolación. Afligidos y compungidos estamos. Porque el monarca saudí fue algo así como una especie de icono lleno de fascinación y encanto. Fahd representó gran parte de los valores éticos y morales que defendemos con vigor en esta sociedad, a juzgar por los que vimos y escuchamos tras su muerte. Bush, Putin, Blair y Chirac están muy afectados. Por eso nos han dado toda una lección de lo que en estos tiempos debe de ser la amistad y la admiración. Las loas que nos han hecho del desaparecido rey no van a tener parangón en muchos años. Zapatero fue incluso más allá. Roto por el dolor, declaró un día de luto oficial. En agradecimiento por las correrías del monarca y su amplio séquito por tierras marbellíes. Porque por lo visto y escuchado, Fahd fue un extraordinario monarca. Algunos creíamos que vivió anclado en los hábitos de sus antepasados, que firmó sentencias de muerte y que lideró la monarquía más feudal y absolutista que uno pueda imaginarse. Pensábamos que promovió la corrupción hasta extremos insospechados, que primó el monopolio familiar del poder y que vivió obsesionado por combatir el comunismo. Incluso nos habían dicho que Fahd hizo un ejercicio permanente de desprecio a los derechos humanos, especialmente de las mujeres, y que sembró el extremismo que ha dado lugar a esos Bin Laden que nos atormentan. Eso es lo que creíamos. Pero la realidad es bien otra. El rey Fahd fue un entusiasta pronorteamericano, siempre dispuesto a garantizar a Occidente petróleo barato y apoyo bélico para cualquier aventura. Y eso sí que debe de ser encomiable. Por eso estos días «dóennos os cadrís» de hacer genuflexiones.