LA TRAGEDIA de Afganistán, con sus 17 víctimas mortales, 10 de ellas gallegas, reaviva la confrontación partidaria en comparación con otras catástrofes militares recientes. Para unos, el tratamiento de los muertos del Yak-42 fue irresponsable, con posible negligencia en el transporte y graves errores de identificación. Y es evidente. Para los otros la caída del helicóptero sigue en la duda entre el ataque enemigo, el accidente por climatología adversa o incluso por utilización de material inadecuado. Y hasta ahora la duda se mantiene y prevalecerá. Pero lo único cierto e irreversible es que ahí están, llamando a la conciencia nacional, los cadáveres de nuestros soldados muertos en una misión de alto riesgo, cumpliendo compromisos humanitarios en el marco de una errática política internacional que no sabe en dónde estamos, a dónde vamos ni con quién contamos. El fanatismo político es tan grave como el religioso. Ofusca las mentes. La verdad absoluta o el acierto dirigente no es patrimonio de nadie. Antes fuimos a la guerra en los Balcanes, en Irak o en Afganistán, bajo el señuelo de acciones humanitarias que no están moralmente justificadas por muy Naciones Unidas que las sugieran. Nuestros soldados se integran en la OTAN, organización totalmente militar y a estas alturas no caben eufemismos sobre su situación y riesgos. He seguido con respeto los funerales en Madrid. Se palpaba la emoción y las lágrimas acompañaban el canto a los muertos recordando, con profundo sentimiento cristiano, que «la muerte no es el final». Me sorprendió la actitud irreverente de un destacado político siguiendo la misa castrense, pierna sobre pierna, en hipocresía innecesaria. En la ola de laicismo que nos acosa hasta peligran los funerales. Con unos o con otros, los soldados mueren. Los montes se incendian. Las catástrofes se reiteran. Los accidentes viarios prevalecen. La sequía nos desertiza. La violencia de género continúa¿ Todo sigue igual, salvo la proyección mediática hábilmente manejada. Pero la canción es la misma. Cuando le preguntaban al Focego, director de una pequeña banda en mi pueblo, cuál era la partitura a interpretar, «¿Cal botamos?», contestaba raudo: «A de sempre, máis cargada de bombo». Aquí, hasta ahora, la partitura sigue siendo la misma, ineficaz y reiterativa, pero bien cargada de bombo mediático. La muerte de l0 militares gallegos induce a reflexión. Valoro su noble vocación militar y humanitaria que admiro y respeto, pero debemos pensar que tan alto porcentaje de víctimas gallegas tiene otras causas. La invocación castrense afirma que «no quisieron andar otro camino». Sin embargo, con profundo respeto, podemos también pensar que «no pudieron andar otro camino», porque la situación socioeconómica de Galicia no da para más. Esta tragedia debe servir de acicate para que el Gobierno gallego afronte decididamente la lacra del paro en nuestra juventud. Las campanas de villas y ciudades gallegas tocan a muerto. Allí estarán todos los vecinos en solidaridad sentida. Galicia, tantas veces azotada por la tragedia, rezará y convivirá con la muerte siempre tan cercana. El soldado focense ya no volverá por el San Lorenzo. El ribeirense ya no rezará a la Virgen del Carmen en procesión marítima. Otros lugares, en otras provincias, acompañan a las víctimas en oración cristiana de dolor y de esperanza. Hoy los muertos son jóvenes soldados gallegos. En otras ocasiones, pescadores y marineros en los mares del mundo o en nuestro peligroso litoral. ¿Por qué?