A solas y sin nada

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

07 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

HACE no muchas semanas y ante las cámaras de Televisión Española, Baltasar Magro le preguntó a Alfonso Guerra si no se sentía algo marginado por la nueva dirección del PSOE con Zapatero a la cabeza. El ex alter ego de Felipe González eludió el meollo de la cuestión y optó por una respuesta evasiva tan sólo en su aspecto más formal. «Hombre -dijo Guerra-, lo que pasa es que ahora la política se hace de muy otra manera». No es nada extraño que a quien negoció, entre otras cosas, la Constitución de 1978 con Fernando Abril Martorell, a solas y con la más adecuada discreción, le parezca que la política se hace ahora de muy otra manera. Hace también muchos años, Tarradellas acudió a la Moncloa para tener una entrevista con Suárez en la que sólo les faltó tirarse de los pelos. Tarradellas salió al encuentro con los periodistas y les dijo que la entrevista había ido muy bien, que Suárez era un hombre encantador y que con políticos como el de Ávila había margen para negociarlo todo. Suárez le hizo entrar entonces de nuevo, se encerró con el catalán y se pusieron a eso, a negociar. Son cosas para las que se requiere talento, intención de ponerlo en juego, musculatura para mantenerlo en ejercicio, algo que dar, algo que recibir y una cierta idea de lo que significan esas actitudes, la función a la que sirven y el interés general que persiguen. Ahora Zapatero y Rajoy cumplen con su cita en la Moncloa como si el único argumento de la entrevista fuera el de lamentar el buen aspecto en que se ven mutuamente. Un buen aspecto que sin duda alguna procede del escaso esfuerzo que requiere hablar sin esperar del interlocutor otra cosa que el pasmo desde el que se pondrá a hablar cuando le toque y lo haga con similar intención. Es una fórmula buena para entretener noviazgos y aliviar los silencios de los cónyuges entrados en una edad, pero mala para la prosperidad de la casa y el resultado más rentable de los impuestos. Que así sean y hayan llegado a ser las cosas puede contentar a unos cuantos e irritar a otros, satisfacer a algunos, incomodar a éstos y estimular las pasiones de aquéllos. Pero también puede dar con una mayoría que comience a estimar la peripecia como una tomadura de pelo. Nadie paga un servicio para que el encartado nos diga que no se ha podido hablar con el jefe. Cabe incluso considerar que en cuanto a la política antiterrorista basta con encomendarse a Dios tanto, por lo menos, como el terrorista se encomienda al suyo. Y que con respecto a la organización territorial es suficiente con encomendarse a la ley, que para eso está. Así como que en lo referido a la política exterior, algo se alcanza con el control de lo que viene de fuera. Desde tan atrabiliario punto de vista, da igual que se pongan o no de acuerdo. Pero hay otras cosas en las que guardar el silencio de los desacuerdos puede afectar a las dosis de estímulo y esperanza que el ciudadano espera de sus líderes. Entre esas cosas se encuentra la sequía, por ejemplo, de la que nos podían haber dicho que estaban de acuerdo en echarnos una mano en alivio de lo que se nos viene encima. A menos que hayan decidido entrar a la cuestión de si beber o no beber agua del grifo es de izquierdas o de derechas.