Las palabras y la nada

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

14 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

LA COINCIDENCIA en un 99% de nuestro genoma con el del chimpancé sitúa dentro de nuestras diferencias con los animales el hecho de que ellos saben guardar silencio. Si el lector es un humanista, estará dispuesto a llevar esa desemejanza a la altura de lo sublime; si no lo es, quizá pueda verla en su aspecto más sarcástico y penoso. El animal racional es ruidoso, parlanchín y vocinglero. El animal que se limita a ser inteligente, goza de un poderoso instinto para desarrollar en silencio su supervivencia; es consciente de que su bienestar e incluso su vida dependen de lo poco que moleste a los demás y de lo mucho que sepa acerca de cómo pasar inadvertido. El animal racional desprecia esas cautelas y vive en la obsesión de ocupar la mayor cantidad posible de espacio a su alrededor mediante su capacidad para hacer ruído con la boca. Es un imperialista de la palabra, y se goza en hacer de ella un uso aleatorio y temerario, sobre todo en un país como éste, donde meter la pata sale casi siempre de balde y, a veces, recibe galardones. La presidenta de la Comunidad de Madrid acaba de manifestar su aprensión ante la posibilidad de que, al instalar la sede de Endesa en Cataluña, dicha sede quede fuera del territorio nacional. No es la única entre quienes nos gobiernan con una cierta propensión a confundir espacios y naciones. Hace unos días, el ministro de Defensa habló de un helicóptero que resultó «abatido hacia el suelo». Es probable que tal ministro aún no haya caído en las casi infinitas posibilidades abiertas para las Ciencias de la Naturaleza desde el momento en que algo pueda ser abatido hacia el techo o hacia el cielo o en cualquier dirección que no sea la del abatimiento propiamente dicho. La temporada veraniega de capullancias lingüísticas la había inaugurado otro ministro, el de Interior que, llevado por las circunstancias, declaró que había ofrecido su solidaridad «al Gobierno de Inglaterra», Gobierno novedoso donde los haya, y noción absurda que arroja a Escocia, Gales y el Úlster a un limbo ajeno al Reino Unido. La palabra tiene para algunos el mismo poder de seducción y majadería que el lápiz para el tonto, y puede que el saber que uno no sabe lo que dice abrigue la esperanza de que nadie entienda lo que escuche. Es una posibilidad que facilita el cultivo de un grado cero del mensaje, la arquitectura de un agujero negro de la comunicación y el alcance de un encefalograma plano del intelecto. A partir de ahí, el mundo será (si es que no lo es ya) una perfecta colisión entre el ruído y el silencio. Un ruído creciente, desinhibido, sincero, franco de corazón y con tendencia a ponerse furioso por la inutilidad de sus esfuerzos para hacerse entender y prevalecer de una vez por todas, y un silencio cada vez más cauteloso y taimado, concentrado en el arte de disimular con toses y estornudos sus estrepitosas carcajadas ante tanta algarabía, aspaviento y mojiganga.