CAYÓ en mis manos y las destrozó. Una explosión retardada. Como todo buen libro. Hablo de Tokio blues, una novela del japonés Haruki Murakami. Había leído Al sur de la frontera, al oeste del sol y me gustó su estilo extraño, zurdo, como de Salinger nipón. Tokio blues, que en realidad se titula Madera noruega (Norwegian Wood) como un tema de The Beatles, narra la época de la educación sentimental. En su país es un libro de culto, no de cultos, ojo. El estilo de Murakami es hipnótico, pero con una sencillez que desarma. Habla de las hojas, que somos los humanos, y de cómo se rompen cuando se secan. Desarrolla teorías curiosas como que la vida es una caja de surtido de galletas: «Primero se comen todas las buenas y luego las malas». Dice que el dedo corazón de la mano es más grande que el índice, al revés que en los pies. ¿Ya lo comprobó? Añado yo que por eso hay gente que sabe amar con las manos y otras sólo con los pies, mucho señalar, pero poco querer. Bromea sobre las hormigas. Si son tan trabajadoras, ¿por qué no han evolucionado? y sí lo lograron los monos que lo que más hacen es masturbarse. Y concluye que siempre estamos en mitad de ninguna parte, a la intemperie, brújulas ciegas.