LAS COALICIONES políticas están de actualidad. El tripartito catalán, el vasco, el bipartito gallego o la que provocará el resultado de las elecciones alemanas constituyen un muestrario significativo. A ellas se llega por diferentes circunstancias. Los democristianos y socialdemócratas alemanes están forzados por el práctico empate electoral. En el caso de Galicia porque, aun teniendo programas e ideologías diferentes, socialistas y BNG plantearon una oposición común al PP. En el caso catalán, ERC disponía de capacidad, en cambio, de elección de compañero; optó por el socialista en detrimento del nacionalista. Los coaligados se necesitan mutuamente. Existe una dependencia que justifica la cohabitación o, al menos, la explica. Obliga a una manera de gobernar, con unas reglas que se dan los propios socios y que deben respetar. Puede ser positiva, por evitar la tentación de la prepotencia que asoma en ocasiones a las mayorías absolutas; por moderar la tendencia a la radicalización. Hace también más problemática y compleja la toma de decisiones. Es fuente de sorpresas en los ciudadanos, cuando comprueban que el gobierno se expresa con voces no coincidentes o que los coaligados mantienen posiciones divergentes en asuntos de política nacional, incluso con incidencia en el territorio de su responsabilidad, como sucede con los presupuestos del Estado o la financiación de la Sanidad. El gobierno en coalición depende, en una medida no despreciable, de la actitud de las personas que lo lideran. En ello reside una parte de la dificultad para la gran coalición entre democristianos y socialdemócratas en Alemania. Otro tanto habría que decir para que los liberales se juntaran con los Verdes o con Schröder. En Galicia ese escollo inicial no existió, aunque la negociación de los términos en que había de plasmarse la colaboración fuese más o menos correosa. De todos modos, la singladura que acaba de comenzar en Galicia requerirá de un período de rodaje por los actores, aun a costa de perplejidades de los ciudadanos. Una cierta coherencia interna requieren las coaliciones más allá de la pura coincidencia en el poder. Viene dada aquélla por cercanía ideológica o por impulso de una determinada coyuntura. Lo primero explicaría en Alemania la alianza de liberales y democristianos; lo segundo, la de éstos con sus rivales socialdemócratas para sacar el país del atasco en que se encuentra con un amplio respaldo social. El alineamiento en la izquierda explica el acuerdo entre socialistas y ERC, o entre aquéllos y el BNG. Las dificultades de entendimiento se ponen de relieve en el enfoque de la reforma de los estatutos de autonomía. Es ese punto en el que se pone a prueba la flexibilidad y el pragmatismo, así como la profundidad de las convicciones que definen la personalidad de cada formación política. La permanencia en el poder explica el comportamiento, en apariencia contradictorio, de ERC en el tortuoso itinerario que está recorriendo el Estatuto catalán. De un lado, no quiere quedar descolocado en la puja de CiU y, de otro, no quiere descabalgarse de la Generalitat. Por la misma razón se apresura a asegurar al Gobierno que su posición en los Presupuestos del Estado no dependerá de lo que ocurra con el Estatuto, si es que no termina apoyándolos. Queda atrás el idealismo de compartir con CiU un gobierno íntegramente nacionalista. Desde la Generalitat puede disputar mejor a sus colegas el electorado que ambos procuran. Si la descrita es la actitud de ERC, la de Maragall resulta dramática, buscando de CiU un acuerdo a todo costa. El escenario gallego es diferente, porque el PSdeG y BNG necesitan del PP para sacar adelante un nuevo Estatuto. Estos tipos de gobierno se desarrollan en un marco de cierta vigilancia mutua para que la asociación coyuntural no dañe las expectativas electorales. Responden a un equilibrio permanente, no sólo entre los coaligados, sino también entre ideales e intereses. El engrudo del poder contribuye a mantenerlo.