01 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

HACE veinticinco años, un 29 de septiembre, se suscribió el Pacto del Hostal , en Compostela, por el que se reconducía el proyecto de Estatuto de Galicia. Con tal motivo declaraba entonces a la prensa, que el Pacto contenía, como enseñanza para el futuro, que somos los gallegos quienes tenemos que ponernos de acuerdo e impedir que nos dividan. Desnudada de retórica y desvinculada de su contexto temporal, ha removido su recuerdo el impacto público provocado por la compra de unas acciones de Unión Fenosa. No pretendo hurgar en la operación, cuyos entresijos desconozco, ni emitir juicios, que sólo podrían ser positivos para quienes la intentaron. Pero trasciende los límites de una transacción mercantil. Ha dejado la sensación que, de alguna manera, algo nuestro ha sido afectado. Un sentimiento superador de indiferencia o desapego, de envidia o individualismo. Han sido unánimes las voces elogiando una acción empresarial concertada. Más allá de lo acontecido, ese impulso de concertación se erige en posible guía para nuevos planteamientos, en que han de coincidir, desde sus respectivas y autónomas misiones, gobernantes y sociedad civil, sin trayectorias paralelas ni promiscuidades. En este cuarto de hora de la historia en que se está planteando la posición de cada parte en el todo español e internacional, convendría realizar un recuento de lo que tenemos como comunidad, para hacerlo valer. Cada cual ha de aportar lo que le corresponde. Es preciso integrar inteligentemente, y no excluir, porque no estamos sobrados. El valor del conjunto se merma si se actúa sin ninguna suerte de conexión entre lo público y lo privado, o si en éste no encuentra cabida la vertiente social del legítimo beneficio. Se trata de estimular, desde los dos ámbitos, lo que es y se siente como común, sin desnaturalizar el papel de cada cual. Las políticas autonómicas deben buscar sinergias en el horizonte inmediato y a largo plazo. La sociedad civil, las actuaciones propias de la libertad de empresa, deben moverse en un marco que no esté diseñado con exclusivos criterios partidistas. La autoestima colectiva es razonable que quede reflejada en la norma institucional básica. Eso parece que se está intentando en Cataluña. No sólo eso. Puede transigirse en derechos históricos , pero la financiación resulta intocable. La conclusión a sacar es meridiana. En la medida en que tengamos, política y económicamente, seremos evaluados y respetados. El episodio relativo a Unión Fenosa ha alertado, una vez más, sobre la conveniencia de generar estrategias de fortaleza por el sector privado. La competencia no se reduce a rivalidad. Poner encima de la mesa de un consejo de administración lo que se tiene, es un síntoma de que se puede trabajar por lo que es común, sin que padezcan los intereses de los accionistas representados. El tejido empresarial de Galicia es mucho más amplio y denso de lo que revelan sus locomotoras. Incrementar la comunicación, el conocimiento mutuo, fomentar el encuentro proporciona la oportunidad de intercambiar opiniones que no perjudiquen las perspectivas de negocio individuales y ayuden a aumentar el valor del conjunto. La cuestión radica en el cómo de esos encuentros; en la libertad que los mueva, en el convencimiento de su utilidad y en el altruismo de quien los anime. Un informal y discreto lobby, con Galicia como denominación de origen.