VOY A INTENTAR decirlo del modo más corto y claro: hay motivos para pensar que la línea de actuación política con la que Zapatero da la impresión de estar más comprometido no coincide demasiado con la que una buena parte del PSOE se sentiría más sólida y coherentemente comprometido. Lo digo por lo que Alfonso Guerra dice o parece querer decir cuando viene a afirmar que una cosa es prometer, y otra, dar trigo, o bien, que una cosa es sacar liebres de la chistera y otra echarlas a andar. «Gobernar bien -dice Guerra, presidente de la Comisión Constitucional del Congreso- es muy difícil, sobre todo, una vez que se dicen cosas cuando uno no se cree que va a gobernar, y luego, se gobierna, y es muy difícil cumplirlas». Se puede gozar de un estilo más terso, pero no de una voluntad más certera en cuanto a poner los puntos sobre las íes de los asuntos con los que, de un momento a otro, habrá de vérselas en la mesa de su despacho. Nadie puede dar por segura una victoria en las urnas. Quizá el PP lo hizo ante aquellas elecciones que perdió para sorpresa del PSOE, que, a tenor de lo dicho ahora por Guerra, no creía que fuera a gobernar, y ni siquiera se sentía dispuesto a verse en el brete de tener que hacerlo, sobre todo del modo en que Zapatero optó por resolver lo que se le vino encima. Pero las cosas son casi siempre como son, la especie humana es a veces como parece ser, y la política cobra en ocasiones el aspecto de un arte de lo posible y, también, de lo imposible que, bajo ciertas circunstancias, va dar de bruces con una levitación entre lo previsible y lo imprevisible, en la confianza de que siempre habrá margen para volver a tocar el suelo con un aplomo felino o meramente gatuno. Guerra no parece creer en piruetas y cabriolas. No le gustaron las que en su momento dio en suponer que gustaban a Felipe González, ni son de su agrado las que, hoy por hoy, amenazan con poner al PSOE no ya en la encrucijada de la cifra y hora en que haya que decir digo donde dijeron Diego, sino en el riesgo político e ideológico de no saber qué se dice cuando se dice digo, ni cuando se dice Diego, ni cuando hay que mirar alrededor de uno para tener una cierta idea de lo que están dispuestos a decir y entender quienes escuchen al que abra la boca y diga que esa boca es suya.