CUANDO el escultor se pone delante de un tronco de chopo para esculpir a Santa Rita, no emprende su tarea por los ojos o las manos, sino por una aproximación grosera a la imagen que quiere crear. Por eso coge el hacha, y no la gubia, para empezar a desbastar -golpe va y golpe viene- la bruta realidad del madero. Y algo parecido sucede en la política, que, cuando trata de crear formas nuevas para tiempos y problemas sobrevenidos, raras veces perfila la solución con un toque de fortuna, sino que precisa esbozar, con rudos golpes de hacha, la nueva realidad. Esa es la razón por la que el discurso político ofrece la sensación de un péndulo de largo recorrido, que va sin parar de un extremo al otro, que desacelera de forma imperceptible, y que sólo al final empieza a encontrar el punto de reposo. Y así se explica también que todos los que hablamos de política tendamos a hacer afirmaciones escasamente matizadas, porque nuestras palabras son como los hachazos que desbastan el chopo del que ha de salir el santo correspondiente. En busca de la España que queremos construir, las palabras de Zapatero y Rajoy, las de Maragall y Rodríguez Ibarra, las de Fraga y Quintana, las de Cerolo y Rouco Varela, las de Jiménez Losantos y las mías, son como hachazos de escultor asestados -a derecha e izquierda, por delante y por detrás- sobre el tronco del futuro. Y por eso es mala técnica hacer juicios precipitados sobre los desgarros que producen los golpes, como si en cada uno de ellos se jugase toda la escultura. Cada vez que clavo mi hacha en el chopo, al revés de Zapatero, no estoy tratando de estropearle su proyecto, o de hacer un santo a la medida de Rajoy, sino de ayudarle a desbastar su madero de forma equilibrada, antes de que empiece a perfilar los rasgos definitivos del San Estatuto o la Santa Constitución que debe atraer la devoción del respetable. Creo que fue un grave error el haber frenado la reforma constitucional de la que tanto se hablaba cuando el PSOE estaba en la oposición. Y no tengo ninguna duda de que esa transposición temporal entre la reforma de los Estatutos y la reforma de la Constitución es la causa del enorme embrollo jurídico y político creado por el proyecto de Estatut de Catalunya que Zapatero apadrinó de forma irreflexiva. Pero eso no quiere decir que sea devoto del santo del PP. Porque no hay mayor chapuza que el inmovilismo y la nostalgia. Y porque todas las críticas que le hago a Zapatero se tornan jaculatorias cada vez que Acebes o Zaplana se suben al púlpito a predicar el evangelio de Aznar. Y es que, antes de arrodillarme otra vez ante la «España una, grande y libre», prefiero rezarle a cualquier heterodoxo.