EN VEINTISIETE años, la noria de los problemas seculares de España ha vuelto al mismo punto de 1978 y con nuevos asuntos en sus canjilones que se derivan siempre del mismo: el encaje de Cataluña. Era evidente que tarde o temprano iba a saltar por los aires el privilegio foral que concedió la Constitución a vascos y navarros. Los derechos históricos reconocidos a estas dos autonomías, en palabras de Fernando Sabater «reaccionarios y confusos», porque «por medio de ellos se mantiene anticívicamente latente la leyenda de los pueblos eternos y prepolíticos», no son admitidos hoy por los políticos nacionalistas catalanes, para quienes Cataluña, en virtud del principio de envidia e insolidaridad que rige todo credo independentista (Pasqual Maragall: «Cataluña ha agotado su margen de generosidad con las Españas». ¡Que frase!), no puede conformarse con el federalista «café para todos» que fija la Carta Magna, solución de varios problemas pero generadora de otros, como los que se derivan del artículo 150.2, entre ellos las transferencias en educación y sanidad. El pacto de la Transición entre supuestos leales se ha convertido en deslealtades permanentes que quiebran el federalismo autonómico constitucional y lo conducen por sendas confederales que todos saben a donde llegan. Si se aceptase para Cataluña un concierto foral similar al vasco y al navarro, porque eso y no otra cosa es la alambicada financiación que recoge el proyecto de nuevo Estatuto, las próximas en reclamarlo serían Valencia, Madrid y Baleares. Y con ese modelo de financiación la posibilidad del Estado de hacer cualquier labor de eso que se llama cohesión social quedará, como ha señalado Mariano Rajoy, «finiquitada para siempre». Otra posibilidad es extinguir el privilegio que disfrutan vascos y navarros, pero ello conlleva reformar la Constitución (por donde se tendría que haber empezado), encabritar más a la mitad de los vascos y abrir un conflicto con Navarra, una comunidad que no se avergüenza de llamarse, ser y considerarse española. Estos son tiempos para liderazgos fuertes y no para tontunas, porque ni tenemos ahora un país joven ilusionado con reconciliarse, dejar atrás una dictadura y homologarse con las demás naciones europeas, sino otro más bien en estado lanar, ni un Rey respetado y aceptado por todos como símbolo de la «indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles». El adanismo de Zapatero nos ha traído hasta aquí, y lo que se avecina alienta depresiones.