PARA QUE podamos creer con fundamento que la Unión Europea empieza a recuperar el pulso no basta con que el presidente francés, Jacques Chirac, y el primer ministro británico, Tony Blair, se den la mano y se muestren reconciliados, como hicieron el pasado viernes en París, con promesas de «no ser una fuerza de división, sino de armonía». Ni siquiera basta con que sean «conscientes de las dificultades actuales de Europa» y ambicionen «hacer lo posible para que esas dificultades desaparezcan y no aumenten», como enfatizó Chirac. La realidad es inocultable y todo el mundo la conoce. Esas buenas palabras se intercambiaron a costa de no mencionar ni la pretensión francesa de que el Reino Unido renuncie al llamado «cheque británico» (rebaja contributiva) ni el propósito de Londres de revisar la Política Agraria Común (PAC) que beneficia a París. Y sin esas referencias, ¿de qué reconciliación se está hablando? Cuesta admitir que la Unión Europea carece de liderazgo y que avanza sin norte. Pero, para remediar estos males, no hay nada peor que querer ocultarlos, escenificando reconciliaciones que no existen más allá de la estricta cordialidad formal. El estado de la cuestión se ha podido ver en el reciente acuerdo con Turquía. Se decidió comenzar las negociaciones para su adhesión con tal ausencia de voluntad que lo que en verdad se aprobó fue una huída hacia delante. Nadie quería sumar un fracaso más al ya cosechado por la Constitución, y así seguimos: empujando el balón sin ningún rumbo. Como editorializó Libération , «no es nada de extrañar que un número creciente de europeos vea la construcción europea cada vez con más recelo y escepticismo». Y es natural, porque ¿quién está construyendo qué? Los que quieren solo una zona comercial podrían estar de enhorabuena: nada indica que se vaya a contrarrestar su empuje. Pero los verdaderos europeístas sabemos que ésta sería la peor salida. Porque, para afrontar el mundo globalizado y multipolar en el que ya estamos, Europa, si quiere tener peso y poder, deberá fortalecer su unión política y desarrollar estrategias propias. En la supuesta reconciliación de Chirac y Blair no se vio nada de todo esto, lamentablemente.