El espacio iberoamericano

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

HOY EMPIEZA en Salamanca la XV Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado y de Gobierno, con la aspiración de profundizar en la transformación de este foro en un agente activo para solucionar problemas en el espacio que compartimos. No se trata de atribuirles a estas reuniones unos objetivos que no tienen, de integración política o de libre comercio. Pero sí se trata de que, más allá de la retórica, se fortalezca la capacidad de las cumbres como instrumentos de defensa y potenciación de una identidad común, de unos lazos históricos que perviven y de una cosmovisión y una cultura que nos unen. Porque la defensa de esto es, a la postre, la multiplicación de lo que compartimos: eso que ya llamamos el espacio iberoamericano, y que tiene cada vez más reconocimiento y vigor. El espacio de dos idiomas hermanos: el español y el portugués, que, como se demuestra en el Parlatino de São Paulo, no necesitan de intérpretes ni de traductores. Eugenio Montes, autor gallego discutido por su ideario político pero no por la calidad de su pluma, decía que «el español que sólo conoce España es un viceespañol; para ser español plenamente, sobre todo en el hombre de letras, hace falta conocer la América de nuestro verbo». Y en esto tenía razón. He tenido ocasión de recorrer la América hispano-lusohablante y no he descubierto en ella más que ricos vestigios de un tronco común. Por ello es tan nuestra (es decir, tan iberoamericana) la literatura de Gabriel García Márquez, Augusto Roa Bastos o Julio Cortázar como la de Gonzalo Torrente Ballester, Álvaro Cunqueiro o Arturo Pérez Reverte. No es posible sentirse en el extranjero cuando se aterriza en cualquiera de los aeropuertos de países hispanohablantes de allende el Atlántico, como no se sienten extraños los de allá cuando llegan a Madrid, a Santiago de Compostela o a Lisboa. Porque estamos unidos, más allá de nuestra propia voluntad de estarlo. Unidos por lo que somos. Algo tan inevitable como deseable. Tan fantástico que asombra. Cientos de millones de almas que alientan un mismo espíritu, una misma forma de ver el mundo, un sentimiento común que es, a la vez, diverso. Sobre esta base debe alzarse la utilidad de cumbres como la que hoy empieza.