Profesor de Derecho Constitucional

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

19 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

YO NO SABÍA que Zapatero es profesor de Derecho Constitucional; quizá él tampoco. Puede que lo supieran sus alumnos, a los que habría que preguntar cuánto y qué saben de Derecho Constitucional, una materia ardua -para la que hay que saber muchísimo alemán, bastante inglés, no poco francés y el italiano suficiente para leer a Santi Romano- pero entretenida, que tan pronto sume al usuario en hondas cavilaciones como lo lanza a la improvisación del cálculo combinatorio, la teoría de los juegos, la sistemática de las coaliciones y la antropología de las alianzas. Suárez no es profesor de Derecho Constitucional, ni lo son Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar, si bien son abogados. Cuando a un abogado se le pregunta si le gustaría dedicarse al Derecho Constitucional, la respuesta suele ser la misma que dio aquel sevillano al que un inglés le preguntó si sabía inglés. «¡Ni lo permita Dios!», dicen que dijo el sevillano. Todos los presidentes de gobierno tienden, natural y tal vez lógicamente, a ser muy suyos, y esa tendencia ofrece dos vertientes. Pueden ser tan suyos como para resultar inmutables, intransferibles y herméticos, al estilo Calvo Sotelo, o tan suyos como para resultar expresivos y locuaces, aunque no por ello menos intransferibles, esto es, al estilo Maragall, del que se extiende el acuerdo sobre lo muy intransferible de su manera de ser. Sobre ese modo de ser tan suyo de los presidentes se cierne la experiencia y ese tipo peculiar y genuino de sabiduría presidencial que coinciden en la decisión de dejar el Derecho Constitucional (y lo que haga falta) a los asesores del presidente, del gobierno y de las cámaras legislativas, así como a esos asesores especializadísimos en asesorarse a sí mismos que son -como debe ser- los jueces. Así se evitan entrar en definiciones, que es lo que más le gusta a este recién revelado profesor de Derecho Constitucional, del que podría decirse que propende a dejar hacer siempre que a él le dejen definir. El campo de las definiciones es limitado, pues casi todo está dicho, pero resulta casi infinito si lo que se define tiene que ver con los deseos y éstos se exhiben como un alarde de buenas intenciones y de propósitos tan cándidos e idealistas como para dejar al margen los avisos de la realidad y los consejos de la prudencia. Así, por ejemplo, el presidente Zapatero definió en Salamanca el deseo de su Gobierno de que «los inmigrantes entren legalmente y ordenadamente». Casi al mismo tiempo, La Voz de Galicia narraba la odisea de un inmigrante llegado a Galicia desde Camerún, que se dice pronto, a pie, en bus, en patera y a nado. Es un ejemplo o el elocuente emblema de una masa de gente absolutamente esfameada y dispuesta a cruzar el abultado torso de África, plantarse ante cualquier frontera administrativa o natural, saltarla y seguir camino hacia nadie sabe dónde o adonde sea que les lleve el agotamiento y la necesidad de cambiar el hambre por la explotación o por la muerte, apaleados o incinerados a manos de unos nazis. Pues bien, el profesor de Derecho Constitucional ha definido su deseo de verlos entrar haciendo cola y con el carné de identidad en la boca. Por favor.