La encrucijada del PP gallego

PEDRO ARIAS VEIRA

OPINIÓN

EN LAS primeras elecciones de 1977, el centroderecha había arrasado en Galicia: duplicaba la suma de resultados de sus competidores. Casi era un monopolio de poder y, como predijera lord Acton, dio lugar a excesos absolutos. El centroderecha se feudalizó y los caciquismos proliferaron, extendiéndose a muchos popes de la izquierda, que consideraron que la acción política consistía en blindarse en reductos de provecho personalista. El paso del tiempo y el cambio social fueron minando las bases electorales del caciquismo arcaico. Cuando vino Fraga, en 1989, casi perdió las elecciones, que remontó parcialmente intensificando la participación de un declinante rural. Después la corrupción socialista de los ochenta y la mitad de los noventa ralentizó el proceso; sus carencias como alternativa explican el ascenso del BNG. Y fue precisamente el centrismo liberal renovador del PP en España el que consiguió congelar la decadencia del centroderecha gallego. El PP de Galicia comenzó una senda dual. Decaía en las municipales y en las autonómicas, y sobresalía en generales. Los señores territoriales pensaban que eran ellos los imprescindibles, cuando en realidad constituían el problema. Con la pérdida del gobierno en España, tras el misterioso 11-M, el PPdeG se quedó sin soporte solvente. Las pasadas autonómicas certificaron el final de una historia de cegueras y prepotencias. Ahora afronta la clásica encrucijada de elegir entre la renovación y el suicidio. Los dirigentes del pasado, como Cuíña, Baltar y Cacharro, se aferran al inmovilismo. Apostarían como primera opción por el propio Cuíña, y en una segunda por X. M. Barreiro como mal menor. Su candidato a batir es Núñez Feijoo, el respaldado por Rajoy, el que no tiene pasado en el viejo aparato. Es un dirigente post- Prestige, también el más temido por PSOE y BNG porque es su más penetrante opositor, el que tiene más proyección electoral, y la única posibilidad real abrir un proceso de transición renovador. De integrar a López Veiga, un dirigente con limitada base interna pero de una alta valoración social -el factor electoral decisivo- podría afrontar la tarea de construir un partido moderno, a la altura de una sociedad gallega completamente transformada. Si Barreiro saliera de la ambigüedad política, se enfrentara al viejo caciquismo y se sumara al proyecto renovador, el PP podría desempeñar un gran papel en la sociedad gallega. Hoy, con amenazas muy serias en la cohesión social y territorial, con un país desconcertado en facetas cruciales de su existencia comunitaria, es más necesario que nunca disponer de alternativas convincentes y fiables. El actual PP gallego no lo es y la sociedad gallega se resiente; con una Xunta heterogénea e indecisa, está desaparecida en la encrucijada decisiva que atraviesa el conjunto de España. Sus militantes más conscientes tienen ante sí la carta final de inclinar la balanza de la lucidez responsable frente al espejismo de un pasado que no debe ni puede volver.