¡Cuál gritan esos malditos!

OPINIÓN

30 oct 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

NO CREO que haya sido pura casualidad que el debate de toma en consideración del Estatut de Catalunya se celebre el Día de Difuntos. Y tampoco creo que Zapatero resista la tentación de acudir al palacio de las Cortes vestido de Juan Tenorio, y, tras escuchar el barullo formado por Maragall, Artur Mas y Carod-Rovira, convierta la tribuna en una mesa esquinera de la hostería de Buttarelli: «¡Cuál gritan esos malditos! / Pero ¡mal rayo me parta / si en concluyendo la carta / no pagan caros sus gritos!». Si se atreviese a hacerlo así, y si el Congreso no fuese un foro cautivo de las correcciones estériles, habríamos logrado dos metas de excepcional importancia. La primera, poner coto a la horterada del Halloween, para volver a la muy culta y española costumbre de representar el Don Juan Tenorio en torno a la festividad de Todos los Santos. Y la segunda, afrontar con valentía los problemas del Estado, y darle a Mariano Rajoy una buena oportunidad para decir con brillantez lo que siempre predica con estética insoportable: «¡Insensatos! Vive Dios, / que a no temblarme las manos, / a palos, como villanos,/ os diera muerte a los dos». Además de ser malo con avaricia, y de llegar a Madrid en tiempo y forma inadecuados, el famoso Estatut de Maragall se encuentra en una situación parlamentaria endiablada. Porque, si el acuerdo de Barcelona sólo se pudo alcanzar a base de propuestas de máximos, pensadas para reforzar las posiciones estratégicas de los nacionalismos electoralmente enfrentados, la teórica revisión que auspicia Zapatero sólo puede tener buen fin si el PP decide salvarle la legislatura y entregarle en bandeja las próximas elecciones, o si los nacionalistas aceptan descafeinar de verdad el mismo texto que llenaron de cafeína, especias exóticas y picante político en abundancia. No tengo ninguna duda de que, si Zapatero se empeña en la infantil estrategia de desdibujar -en vez de corregir- las propuestas que llegan de Barcelona (cambiar nación por entidad nacional , aceptar un pacto bilateral de financiación gestionado por las haciendas catalana y española, y consentir un blindaje de competencias que recluya al Estado en la Delegación del Gobierno), será posible obtener una victoria pírrica sobre el PP. Pero lo que ya no parece viable es convertir un mal Estatut en uno bueno, mantener el consenso constitucional de la transición, y darle a Cataluña un texto que, en vez de servir de palanca reivindicativa, o de altavoz de conflictos, sirva para gobernar. Pero España continúa. Y no ha de faltar salida, si no nos falta razón: «Doña Inés, sombra querida, / alma de mi corazón, / no me quites la razón / si me has de dejar la vida».