Refunda, que algo queda

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

02 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

REFUNDAR es una acción que, si está bien, conviene llevar a cabo periódicamente. Las dificultades de mayor enjundia, así como los argumentos tácticos y estratégicos en su contra, suelen adquirir su mayor envergadura y dimensión ante el primer acto de refundar, luego decrecen -y hasta pueden pasar de inconveniencia a ventaja- según cobra ritmo propio la secuencia de refundaciones. Esto quiere decir que lo más difícil es ver la cosa clara, discernir el momento y ponerse a ello. Luego, el que hace un cesto hace ciento. El hombre es animal de costumbres y el hábito hace al monje. Cuíña quiere refundar sobre la base de dos puntos: el galleguismo, o un galleguismo afín a lo que decía Ramón Piñeiro, y una autonomía «suficiente para tomar decisiones a favor de Galicia». Esos dos puntos resolverían, a su juicio, o contribuirían a resolver «acuerdos con fuerzas de ideología distinta». Este propósito puede entenderse desde la admisión pragmática o meramente realista de la máxima que aconseja la unión con aquéllos a quienes no se consigue vencer, y vale tanto de puertas afuera como de puertas adentro. Buena parte de los partidos democráticos que merecen esa denominación por lo uno y por lo otro son partidos refundados. Lo es el PP. Y el PSOE, que también lo es, da toda la impresión de haberse refundado de nuevo muy recientemente, aunque, al no haberlo dicho, puede que aún no lo sepa. En cuanto a autonomías, el PSC es un partido sumamente autónomo respecto al PSOE e incluso, en ocasiones, respecto a Maragall. De modo que Cuíña no está poniendo una pica en Flandes, sin que por eso se pueda asegurar que no sea su destino el de un clamor en el desierto. Su planteamiento no es demasiado bueno ni demasiado malo y coincide con lo que se lleva diciendo sobre el ser y el estar del PP de Galicia desde hace bastante tiempo. Toda refundación entraña el traslado del énfasis de unos principios a otros, así como la reformulación de algunos principios o de sus atuendos. Esa tarea, que exige imaginación para el dibujo de la nueva perspectiva y una buena dosis de astucia para no herir un número inexacto de susceptibilidades, ni herirlas todas al mismo tiempo, suele poner de manifiesto todo lo que de accidental y transitorio soportan los principios, así como todo el espacio, el tiempo y los discursos que median entre su vigencia y su caducidad. Esa es la razón, o una de las razones, aunque no la menos importante, por la que las refundaciones hay que hacerlas con ánimo emprendedor y espíritu liberal, y deben ser observadas con un cierto escepticismo conservador. Que alguien vea claro y con acierto lo que hay que hacer, lo que hay que refundar, no lo convierte en el más adecuado para hacerlo. Y también puede ocurrir que la persona idónea para llevar a cabo un tramo de la refundación deje de serlo o no lo siga siendo para el tramo ulterior. Este tramo ulterior se sitúa siempre a un plazo más largo y bajo circunstancias que no siempre son de prever. Es un tramo que sólo se resuelve llegando al poder. Claro que al poder también se puede llegar perdiendo las elecciones.