DÍAS ATRÁS repasaba publicaciones relativas al desarrollo regional y territorial de Galicia desde los años ochenta. Las diferencias eran muchas, pero menos de las que a priori podía pensarse. Lo más llamativo es lo referente al ferrocarril. Recordemos que en aquellos años el TGV francés y las nuevas fórmulas de transporte intermodal de viajeros y mercancías eran ya una realidad. Aquí apenas se hablaba del ferrocarril, tampoco demasiado de los puertos, y de los aeropuertos apenas se hacían estrategias selectivas. Naturalmente, se añadían nuevas inversiones, pero con un sentido continuista y sin una valoración estratégica de su posible papel como desencadenantes de procesos de desarrollo. Las autopistas de conexión con Madrid eran la obsesión reiterada del desarrollo gallego, sin considerar apenas otras posibles infraestructuras de conexión con los ejes cantábrico o atlántico. Sin embargo, desde que el Gobierno central empezó a extender el proyecto del AVE, tan criticado en sus inicios sevillanos, todo el mundo empezó a ver en los nuevos ferrocarriles la gran necesidad, sin apenas pensar en su articulación con otras redes de transporte, en su intermodalidad, como algunas regiones estaban ya estudiando. Aquí la obsesión siguió siendo la misma: el AVE a Madrid. Después vendría el Cantábrico de la chistera de Álvarez Cascos, y el Atlántico ahora en entredicho; pero la idea matriz sigue siendo llegar todos antes a Madrid. En parte es lógico, porque tras el declive barcelonés, que ahora decisiones políticas intentan detener, la capital de España se ha convertido en una de las seis metrópolis mundiales. Claro que para ir a Madrid ya tenemos los aeropuertos, por cierto desconectados de la nueva red de AVE, que tras el previsible impacto del tren rápido habrá que redefinir. La importancia y el valor estratégico del tren de cercanías para articular nuestros espacios metropolitanos Coruña-Ferrol y Vigo-Pontevedra-Vilagarcía y crear así dos grandes polos de competitividad, como ahora les gusta decir a los franceses, son siempre considerados como ideas de menor valor. Mientras tanto, nuestras ciudades mayores y sus periferias urbanas se ven abocadas a una casi permanente congestión, debido en parte a la falta de previsión de los que redactaron sus planes municipales y de los políticos locales. Aún hoy al problema de la movilidad se sigue respondiendo con el automóvil. Ni siquiera los autobuses metropolitanos, ni mucho menos los metros (ya hace años anunciados en A Coruña y más recientemente en Vigo) acaban de considerarse prioritarios. Así, los espacios periurbanos, nuestros pueblos y urbanizaciones especulativas de carretera y el centro de las ciudades se ven invadidos por el automóvil, en una convivencia cada vez más difícil con los ciudadanos, con el coste energético, con la contaminación ambiental y con el excesivo consumo de tiempo. No me extraña que el alcalde de Oleiros pusiera en Mera el ingenioso cartel de «Entra usted en una zona de tráfico de coexistencia», porque, efectivamente, la cuestión del tráfico en Galicia está empezando a ser un problema de coexistencia.