Como constituyente

| JOSÉ LUIS MEILÁN GIL |

OPINIÓN

07 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

PERMÍTAME el lector que me presente. Fui diputado en las Cortes Generales que elaboraron la Constitución. Participé muy activamente en el título VIII, que se llama De la organización territorial del Estado . Tuve el privilegio de formar parte de una miniponencia, en representación del entonces partido en el Gobierno, la Unión de Centro Democrático, UCD. En ella estaban Martín Toval, por el PSOE; Solé Tura, entonces del PSUC; Miguel Roca, por la minoría catalana (CiU), que actuaba también de algún modo como representante de la minoría vasca (PNV). Alianza Popular no estaba allí representada. En la retaguardia, si el término es aceptado, figuraba el tándem Fernando Abril y Pérez Llorca, por UCD, y Alfonso Guerra, por el PSOE. Nos reuníamos en diferentes despachos profesionales y a diferentes horas, del día o de la noche: en el del socialista Peces Barba, en el del centrista Óscar Alzaga o en el mío. En alguna de ellas recuerdo la presencia de Arzalluz. Se dialogaba, se buscaban puntos de encuentro y soluciones que se plasmaban después en enmiendas orales, muchas de las cuales tuve la oportunidad de presentar, como consta en el diario de sesiones del Congreso. Todos estos recuerdos se han levantado con motivo del debate sobre el proyecto de Estatuto catalán. ¿Qué ha pasado? No me refiero a la coyuntura de ese primer round , ni al cuestionable fin de su singladura. Me pregunto por qué se ha llegado a la situación actual, presidida por una tensión política indisimulable. Qué ha cambiado desde aquellos inolvidables momentos constituyentes. ERC tenía entonces un diputado que votó a favor de la autodeterminación, rechazada por CiU. Ésta mantenía lo que ahora defiende: Cataluña es una nación; pero aceptó el término nacionalidad , a cuya introducción en el artículo 2 de la Constitución contribuyó. UCD ya no existe. El PP no es exactamente la Alianza Popular de entonces, que terminó aceptando mayoritariamente la Constitución y su título VIII. El PSOE y la UCD de Calvo Sotelo pactaron la LOAPA, la ley orgánica de armonización del proceso autonómico, en parte declarada inconstitucional y que no voté, que propició la generalización del sistema autonómico y la tendencia a su homogeneización. A ello ayudó la utilización, tanto por el PSOE como por el PP, del artículo 150.2 de la Constitución para transferir competencias e igualar el autogobierno de todas las comunidades autónomas de manera que se diluyeran las singularidades del País Vasco, Cataluña y Galicia, implícitamente identificadas en la disposición transitoria segunda de la Constitución. El Tribunal Constitucional, cuyos miembros en su gran mayoría fueron nombrados a propuesta del PSOE y del PP, sentó una doctrina que tendió a consolidar las competencias del Estado, como declaró en una ocasión con franqueza uno de sus presidentes, el asesinado Tomás y Valiente. El presidente Aznar pasó de una colaboración con los nacionalismos vasco y catalán a un auténtico enfrentamiento. Así hemos llegado a la situación presente. Las banderas nunca arriadas de CiU han vuelto a izarse, empujadas por ERC. Han aprovechado la coyuntura. La España plural existía en 1978 y se aceptó la fórmula plasmada en al artículo 2 de la Constitución, que habla de nación española como patria común y de nacionalidades y regiones. Se reconocieron hechos colectivos diferenciales sin que afectase a la igualdad de todos los ciudadanos y a la solidaridad. Ese pacto constituyente fue, sin duda, convencional. Pudo emplearse el término nación para las comunidades autónomas, pero se aceptó el de nacionalidades por todos: por quienes les parecía poco y por quienes les parecía mucho. No refleja por completo las aspiraciones de cada uno de los firmantes, pero sirvió para todos. ¿Por qué no ha de seguir sirviendo, aunque las nuevas generaciones no lo hayan vivido? ¿Qué ha cambiado? Que ERC es determinante para el Gobierno y el PSOE ha variado su posición. Ha cambiado el clima, propicio para arreglos, pero no para la confianza mutua, para el consenso. Como constituyente, deploro que se haya perdido. Nada desearía más que se recuperase.