El silencio de los intelectuales

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

FRANCIA, noviembre del 2005. La revuelta ha llegado por sorpresa, sin que la hayan detectado o previsto los sesudos estudiosos que vigilan los sismógrafos de las tensiones sociales. Y así, como sucediera en mayo de 1968, los intelectuales guardan un prudente silencio, incapaces de pronunciarse en un sentido o en otro, paralizados por el asombro y el desconcierto. ¿Qué decir ante lo que está ocurriendo? ¿Es algo de izquierdas, asimilable a los movimientos antiglo-balización u otros anticapitalismos varios? ¿O se trata de delincuentes y canallas que sólo pretenden subvertir el orden y atemorizar a la sociedad, como sostiene el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, ahora ya secundado por todo el Gobierno del primer ministro Dominique de Villepin? La cuestión es tan peliaguda y compleja que hasta el presidente Jacques Chirac, un superviviente a todo trance, se ha apuntado al silencio de los intelectuales hasta este mismo domingo, alejándose así del toro. Porque Chirac sí que se ha dado cuenta de cuál es la naturaleza del problema. A él nadie tendrá que decirle «la inmigración, estúpido, la inmigración». Ya lo sabe. Pero también sabe que no es fácil hablar de ello, es decir, hablar de lo que hay detrás, de lo mal que se hizo todo para que, al final, las calles sean territorio de los violentos. Profundizar en esto significaría reconocer muchas culpas, desde los fracasos de las políticas de integración hasta los propios fracasos policiales. Por eso los que hablan en nombre del Gobierno han asumido el discurso de Sarkozy: primero, el orden, y después, la reconsideración de las políticas sociales equivocadas. ¿Y los intelectuales? Su silencio es reprobable, pero comprensible. Los 27.000 vehículos que, según Le Monde , han ardido en Francia desde el pasado 1 de enero, nos sitúan a todos ante un afán destructor inclasificable. Muchos de los jóvenes que les prendieron fuego provienen de la tercera generación de una inmigración empobrecida y alejada del mercado de trabajo. Las reflexiones se imponen, sobre todo en un país como el nuestro, que, de no acertar ahora, recogerá algún día frutos semejantes, con estallidos también imprevisibles. Hoy aún se pueden atajar esos males. Y es preferente hacerlo.