EN LOS TRATADOS que estudian la historia de las ciudades y del urbanismo suele incluirse un apartado titulado «la ciudad como problema social», referido a los graves conflictos sociales generados en las ciudades de la revolución industrial, donde las deficientes condiciones de vida de los inmigrantes rurales generaban patologías sociales de extrema gravedad. Como consecuencia, un nutrido grupo de teóricos, ideólogos, políticos y filósofos se pusieron ávida e imaginativamente a pensar en propuestas capaces de resolver aquella situación. Fue así como germinó el urbanismo que mucho después se llamó moderno. Hoy estamos en el inicio de una de esas grandes etapas de la civilización, la globalización, y como entonces la ciudad ha reforzado su protagonismo. Claro que el significado de lo urbano ha cambiado mucho, pues si antes se asociaba a un proceso de cambio que se traducía en progreso y mejora social, ahora está unido a graves situaciones de pobreza, principalmente en los países menos desarrollados, donde crecen las mayores concentraciones urbanas. Allí, las patologías sociales son de tanta magnitud como las de la primera industrialización. Otra diferencia es que antes el problema se limitaba a unas pocas ciudades industrializadas y ahora se ha extendido a la mayor parte de las grandes ciudades del mundo. No olvidemos que en las propias metrópolis norteamericanas las bolsas de pobreza conforman algunos de los paisajes urbanos más sórdidos, en donde la conflictividad es constante. En Europa, la situación parecía menos preocupante. Tal vez por eso los dirigentes urbanos, los políticos urbanos, estuvieron más preocupados por los planes estratégicos de competitividad que en profundizar en los problemas sociales de la ciudad. En este contexto surgió la obsesión por las grandes operaciones de imagen, la arquitectura de márketing, el urbanismo efímero o la conversión de ciudades históricas en parques temáticos. Todo envuelto en una palabrería llena de apariencia, de superficialidad, de banalidad. Mientras, las ciudades se fueron transformando en espacios multiétnicos, multiculturales y multirreligiosos, en los que una inadecuada gestión de la inmigración estaba creando grandes guetos en los barrios de la periferia más alejada. En ellos, los nuevos grupos reproducían sus modos de vida, sus tradiciones, su cultura como defensa ante la difícil integración en una sociedad opulenta, consumista y hedonista que no acababa de aceptarlos. En muchos casos, los políticos locales, desbordados por la magnitud del problema, llegaban hasta donde se podía. Los políticos nacionales o regionales se entretenían en un modelo de desarrollo pensado desde el más puro economicismo neoliberal, asociado a las nuevas clases sociales emergentes. Todo esto tenía que reventar, y así acaba de ocurrir en Francia, donde hace tiempo estaba latente. Recordemos el voto creciente a la extrema derecha de muchas ciudades europeas como expresión de la xenofobia y la conflictividad existente. ¿Quién tiene la solución del problema? Difícil respuesta, pero una buena parte del mismo está en manos de los políticos de proximidad, de los alcaldes, porque son ellos los que mejor pueden poner en marcha las políticas sociales que esta nueva situación precisa, máxime cuando los gobiernos centrales y regionales acaparan una parte cada vez mayor del presupuesto público, privando a los municipios urbanos de un dinero que necesitan para prevenir y ayudar a resolver el problema. La ciudad europea, como antes otras, nos ha mostrado con dureza su peor imagen. Es preciso replantearse todo el juego y la teoría política al uso para reforzar el poder político de las ciudades. No basta con repetir que estamos en un mundo de ciudades. Hay que asumirlo y actuar en consecuencia.