10 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

NOS dejó dicho Cicerón que la fortuna no sólo es ciega, sino que vuelve también ciegos a los que ella favorece. Napoleón elegía a sus mandos entre los guerreros con mejor estrella en las batallas, y él mismo se creía un elegido de la fortuna cuando avanzaba por las estepas rusas, camino de su perdición. Había llegado a tal extremo su ceguera que ya no concebía su derrota. Se olvidó de que la suerte es inestable y voluble. No le ocurrió esto a Woody Allen cuando rodó Match Point , su última película hasta ahora. El director neoyorkino parte justamente de lo contrario: de que la suerte existe, sí, pero es imprevisible. Una bola de tenis bota sobre la red y durante un instante no sabemos de qué lado va a caer, pero sí sabemos que, si lo hace del otro lado, hemos ganado, mientras que si cae del nuestro... no hemos tenido suerte. Así de simple. Por ello Woody Allen la desvincula de la justicia o de la bondad. Y así la bola puede favorecer a un joven trepa que sabe aprovechar sus oportunidades, sin darse cuenta del progresivo encanallamiento en que se sume. La suerte o la fortuna no son sinónimos de felicidad. A veces la suerte es sólo un factor de desigualdad económica. Nada más. Y Allen juega magistralmente con ello, y con nosotros. ¡Qué suerte!