Identidad a la brasa

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

FRANCIA es tierra de sociólogos y de ministros del Interior, oficios derivados no tanto de las primicias revolucionarias como de los diezmos de la revolución. De modo que esta insurgencia de los coches quemados -quizá como si fueran efigies- ha de haber estimulado muy precisamente el meollo intelectual de lo francés, puesto a pensar por igual y en simetría sobre la sociedad que se está cocinando y sobre los guardianes de las ollas en ebullición. Lo malo no es que los sociólogos y los ministros del Interior sirvan de poco a la hora de abordar la inverecundia de la rebelión. Lo malo es que pueden dar la impresión de servir de mucho cuando, en realidad, lo único que pueden hacer es ponerse al cabo de la calle, y eso los puede llevar a servir incluso en demasía. Todo cuanto ahora intente abarcar el ministro del Interior lo podían haber solventado la legislación de la Asamblea Nacional y la sensibilidad social de la República. Y todo lo que ahora le susurra la sociología al oído de Chirac en cuanto a ese hallazgo de la prestidigitación social moderna que es la identidad se lo podía haber dicho a voces en cuanto a libertad, igualdad y fraternidad. Hasta es muy probable que se lo haya dicho, pues el sociólogo en Francia tiene una cierta propensión al desgarro espectacular del espíritu, y que Chirac lo haya oído como el que oye llover hasta el momento en que, con el agua al cuello, ha decidido recurrir a la identidad en auxilio de la crisis. Pero la identidad, como todos los inventos de la burocracia elevados al comisariado y vendidos como cúspides del humanismo poético, es una encrucijada ambigua y bifronte que, en el mejor de los casos, tiene que ver con la diferencia, al igual que la diferencia tiene que ver con la edad. La juventud es una edad que busca la diferencia y da paso a otra edad en la que se prefiere pasar inadvertido. La diferencia tiene sentido en unas ocasiones. En otras, lo único que lo tiene es todo lo contrario. Son fluctuaciones que ponen de los nervios a los sociólogos y a los ministros del Interior, de cuya colusión, connivencia o contubernio procede ese énfasis en la identidad que el presidente de Francia se acaba de sacar de la manga. Hace diez años no tenía la manga tan ancha, o tan estrecha, o tan oportunista; hasta puede que no tuviera manga o que no le llegara al puño, al igual que hoy no le alcanza la camisa al cuello donde le llegan las aguas. El caso es que en 1995 Chirac señaló que «cuando demasiados jóvenes no ven otro destino al salir de la escuela que el desempleo, acabarán en la rebelión». De haberse plegado a su propia advertencia habría sido un gran presidente. No se plegó, y ahora sólo le cabe el honor de ser profeta en su tierra. Con un paro juvenil del 20%, que se dobla si el joven es musulmán, lo advertido por Chirac hace diez años estaba tan en lo cierto que su primer ministro Villepin lo repitió en mayo de este mismo año. Si a lo que durante diez años y medio se llamó desempleo se le busca una solución llamada identidad , es que piensan que el hambre se puede resolver al estilo de Charlot en La quimera del oro , devorando el DNI.