UNO de los peores males de la herencia que va a dejar Zapatero es la pérdida de cualquier referencia moral en el PSOE. No salimos de un escándalo y estamos en otro. Y en otro más. A los entusiastas aplausos al despótico sultán de Marruecos, o a la entrevista semiclandestina de la vicepresidenta en el Vaticano, se une la del propio Zapatero con el presidente de la Comisión Europea, el portugués Barroso, a quien envió un Mystère oficial a recogerlo a Lisboa y llevarlo luego a Bruselas. Al menos mi tocayo Alfonso Guerra usaba el avión oficial con una causa justificada, como era saltarse el atasco de coches en la frontera portuguesa de Vila Real de Santo António para llegar a ver al gran Curro Romero en la Maestranza sevillana todo un domingo de Resurrección. Pero aquí no hay justificación ninguna: el Gobierno de Zapatero se ha convertido en recadero o mandadero conseguidor del gran capital catalán, a quien es de suponer no le pasará un cargo por el uso con fines privados de bienes oficiales españoles. Pague usted el IBI y el IRPF para esto. Pero el penúltimo escándalo, pues seguro que habrá más, es la rebelión de dos admirables antígonas socialistas vascas, Rosa Díez y Maite Pagaza, denunciando la deriva cómplice del partido socialista de Pachi López con los nacionalistas, incluidos los protoetarras batasunos. Al partido socialista se le cayó en el 36 la O de obrero, pero, igual que al actual AVE, le han tirado también la E para no molestar a sus socios. Como decía una famosa sentencia judicial: solo o con ayuda de otros, Zapatero se está cargando lo que quedaba de la credibilidad moral del PSOE. Además de las admirables Rosa y Maite, el último reducto de dignidad, valentía y vergüenza en el PS: quienes no están en el partido socialista para cohechar negocios sino que se juegan la vida todos los días en el paraíso nacionalista vasco por defender sus ideas.