Carta te debo

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

«MUCHO me alegro de que al recibo de la presente os encontréis todos bien... por aquí nosotros también estamos bien...». Era el más común de los encabezamientos del epistolario popular cuando todavía se escribían cartas. Recuerdo -seguramente forman parte de mi memoria literaria y de una educación sentimental- bellísimos mensajes que llegaban de Cuba o de la Argentina y que daban cuenta y razón de un bautizo o de un casamiento. Para allá se enviaban las ausencias, bien de amores, «tuya que te querrá siempre», o de personas, «te escribo para comunicarte que el pasado diecisiete enterramos a madre». Eran tiempos en los que el teléfono no había llegado a las aldeas gallegas y como en Mamasunción, aquella entrañable película de Chano Piñeiro que retrata las cuatro estaciones campesinas del medio rural, cartas iban y venían hasta que llegaba inevitablemente el silencio. Esta semana he recibido una carta como las de antes, prenavideña como aquellas postales de felicitación de Pascua coloristas y llenas de nieve pintada, y me llevó a evocar la correspondencia añorada cuando aguardaba la carta adolescente de una novia que tuve un verano. Nunca me respondió. Carta te debo, querida amiga, nunca supe qué fue de tu vida, ni de las vidas de mis queridos compañeros del preu, que se fueron desdibujando en la niebla de los recuerdos. Esta carta escrita con los caracteres de lo contado en una plaza pública contesta a todas las cartas adeudadas, las no escritas, las que no llevó ni siquiera el cartero de Pablo Neruda en un texto literario que más parecía publicidad de Correos, de cuando Correos funcionaba y vertebraba España, de cuando una carta depositada en un buzón a cientos de kilómetros llegaba a su incierto destino con el único dato de un nombre y un apellido viajando en los convoyes infinitos, en los trenes expresos que caminaban la noche. Recuerdo al profesor Gamallo Fierros yendo cada noche hasta la Estación del Norte a depositar en el buzón del vagón correo su carta diaria. De eso no hace tanto tiempo. Eran todavía vísperas de la cultura del correo electrónico y de Internet, que nos están devolviendo el placer recuperado de la escritura epistolar. Un día llegó el teléfono y las cartas languidecieron, las mismas expresiones escritas pero en mensajes de viva voz, palomas mensajeras que desde un auricular acercaban los afectos. El teléfono se metió en los bolsillos y la generación de los móviles inventó nuevos idiomas y el español se convirtió en un tic lleno de kas, en un idioma con interrupciones y descubrimos la multiplicación de los panes y los peces en forma de mensajes SMS, pero la palabra se impone y el correo en pantalla está a punto de salvar el género, el viejo género epistolar que un día fue bálsamo para los sentimientos e imprescindible compañía para guardar en cajas de lata donde se archiva la memoria. Pásalo. Tuyo, que lo es.