PARECE que fue hace un siglo. Pero no. Sólo han pasado nueve meses desde que el presidente Jacques Chirac, con todas las encuestas a favor (dos de cada tres votantes se decantaban por el sí ), convocó el referéndum francés de la Constitución Europea. Después de España, donde la consulta popular fue abrumadoramente favorable, Francia sería el segundo país en refrendarla y, con ello, se consideraba encauzado y expedito el camino para dotar a la Unión Europea de una Constitución que iba a sustanciar su unión política. Por las mismas fechas, Holanda y Polonia anunciaban también sus referendos. Y los demás países se disponían a otro tanto. Todo iba viento en popa. Pero el 29 de mayo, hace tan solo seis meses, todo se torció. En Francia ganó el no y el resto es historia sabida. El desconcierto se adueñó de la Unión Europea, el eje franco-alemán se atascó, el Reino Unido vio llegada su hora de recuperar la UE de los mercaderes, y los recién llegados (sobre todo Polonia) se encontraron con unos socios sumidos en la confusión, desorientados y perplejos. Para colmo, con las economías de Alemania y Francia estancadas, tampoco los viejos ideales de solidaridad parecían resistir. Cada uno quería arreglar su casa antes de ir a echar una mano al vecino. Y todo esto en seis meses. Del eurooptimismo al europesimismo sin fase de transición. Medio año que ha traído una extraña hibernación del proyecto comunitario. ¿Qué futuro nos espera? Que Europa seguirá siendo un enano político. Pero esto no es más que una parte de la realidad. Porque también seguiremos siendo el espacio más desarrollado y con menos desigualdad del planeta. Lo dicen estadounidenses como Jeremy Rifkin o Paul Krugman, el primero recordándonos que nuestra visión del futuro está eclipsando el sueño americano, y el segundo sosteniendo que no hay un proyecto más ambicioso, justo, solidario y equilibrado en el mundo. Sería lamentable que la falta de liderazgos claros nos redujese al letargo. De momento, miramos hacia Angela Merkel con la esperanza de que se parezca a su maestro Helmut Kohl -el europeísta que reunificó Alemania e impulsó la UE- y que pronto reine el optimismo. Porque no es imposible.