Clima de discordia

OPINIÓN

03 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

LA CLIMATOLOGÍA pública está alterada. Va a la zaga de la que nos está brindando la naturaleza. Ahora toca conmemorar la Constitución. El clima que debería envolverla no es el requerido para la ocasión. Se culpan unos a otros de la crispación. Para unos, la causa está en el fondo de decisiones que dividen a los españoles. Para otros, la forma en que se exteriorizan las divergencias. Los procesos parlamentarios en curso dibujan una división en dos frentes numéricamente desiguales. En un lado, sólo el PP y en el otro, los demás grupos parlamentarios. Objetivo prioritario del Gobierno, buscado tenazmente, ha sido el aislamiento del PP. Para ello ha sido fundamental, además del alineamiento con partidos que también se declaran de izquierdas, IU y ERC, la receptividad a las aspiraciones nacionalistas. Por lo que se refiere al Estatuto catalán, resulta verosímil que no se incluirá el término nación y que se edulcore con lo de identidad nacional o algo análogo. No creo que esa decisión vaya a justificar rechazo ni por parte de ERC, ni de CiU. La primera, porque seguirá gobernando en Cataluña con el PSC y la segunda porque siempre tendrá un motivo que reivindicar, que es esencial a todo partido nacionalista. Y ambas ofrecerán al electorado lo conseguido como conquistas que han arrancado de Madrid. De lo que se trasluce de la negociación de la LOE, el Gobierno cede lo indispensable para convencer a democristianos nacionalistas. CiU exhibe con fruición los logros obtenidos en una ley que no le gustaba. Las expectativas del nuevo Estatuto allanan su aceptación; es lo coyunturalmente prioritario. No parece forzado sostener que en una buena medida esos posibles cambios en ambas leyes se deben a la constatación del rechazo social que manifestaron las encuestas y evidenció también la movilización ciudadana que reunió en Madrid a decenas de miles de personas, coincidente con la oposición del PP. Y, sin embargo, no parece que éste se beneficie de esas mejoras legislativas. Cada uno de los dos grandes rivales ha elegido su propia vía en función de sus intereses. La del PP aboca a la necesidad de obtener una mayoría absoluta, o al menos suficiente, apelando directamente a los sentimientos y convicciones más profundas de los ciudadanos, en una nítida diferenciación con las políticas revisionistas del Gobierno, libremente diseñadas o condicionadas por su situación minoritaria. La del PSOE es más hacedera. Le basta con tener una mayoría significativa para contar con los nacionalistas, en la actualidad marcadamente opuestos al PP. En una sociedad que se presenta bastante acomodada, la empresa del PP no es fácil. Ha aceptado el envite de su aislamiento, en un cuerpo a cuerpo en el que el ejercicio implacable de la oposición no permite ver siempre lo que se propone como alternativa. Y en ese combate no se deja ninguna puerta entornada a quienes podría necesitar en un hipotético futuro: a quienes debería acercar su modelo de sociedad y de quienes le está separando la apreciación del modelo de Estado. Hoy por hoy, no existe ningún gran tema -política exterior, terrorismo, educación, cuestiones vasca o catalana- en el que ambos pretendan llegar a un acuerdo. Estamos muy lejos del clima que presidió la Constitución.