Distancias de nacimiento

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

04 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

NO ES FÁCIL encontrar a alguien «más contento que un tonto con un lápiz». El entrecomillado acumula toda la sabiduría habitual en el comentario costumbrista, y sugiere una cierta sagacidad antropológica junto con una dosis de psicología malévola. La comprobación de su acierto exigiría la puesta en escena de un lápiz y un tonto dicharachero, coincidencia que no es de lo más habitual en la realidad urbana ni, mucho menos, en la rural o en la marítima. No me refiero a lo que tenga de insólito ver a alguien agitando un lápiz por los caminos o blandiéndolo sobre las aguas, sino a la dificultad de saber si está contento o apesadumbrado, y de discernir si es tonto o listo. Son impedimentos del empirismo que desaparecen en cuanto sustituimos al tonto por un político y al lápiz por la palabra. Un político puede estar satisfecho o chasqueado, exultante o enfadado, deprimido o eufórico, mal vestido o peor, pero nunca está triste. Es imposible ver a un político triste, de manera que se puede dar por seguro que están todos contentos, rasgo que obra a favor de lo que pretendo mostrar con la mayor convicción. Y en cuanto toman la palabra, su contento habitual se hace locuacidad, locuacidad exuberante la mayoría de las veces. Es el caso -y no lo digo por señalar- de Josu Jon Imaz, máximo dirigente del PNV, que hablando el otro día en Sukarrieta (Vizcaya) sobre los desafíos de la inmigración, afirmó que «los nuevos vascos están naciendo en Senegal, Nigeria, Ecuador, Marruecos o Rumanía». ¿Qué palabras pueden poner más contento a un nacionalista que las que definen a sus hipotéticos militantes del futuro en los partos habidos y por haber en lugares al otro lado del mapamundi e incluso -¡vaya usted a saber!- en las antípodas? ¿Qué dirían los de Cambados si en O Grove dijéramos que los nuevos mecos están naciendo en Nueva York o en Aquitania o en la mismísima Galitzia? Ni siquiera tanta distancia en los mapas es obstáculo para el contento del político Imaz abrazado a su palabra, pues, acto seguido, se refirió a la nación vasca como sinónimo de «identidad cercana». La idea de una identidad cercana es estimulante porque permite suponer lo contrario. A veces me gustaría tener una identidad lejana , porque hay días en los que estoy de mí mismo hasta el colodrillo.