04 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

La CONCENTRACIÓN del sábado en la Puerta del Sol de Madrid en apoyo de la Constitución fue un éxito, pero no fue un acierto. Hay muchos más grupos políticos que el PP a favor de la Constitución y, quizá porque Mariano Rajoy se dio cuenta de ello, su intervención sí que fue un acierto. No lanzó ataques desproporcionados contra Zapatero (sólo una referencia genérica al mal talante) ni contra el Estatuto catalán, pero sí advirtió con rotundidad que «no formamos una nación de naciones, sino una nación de personas, de individuos, de ciudadanos libres e iguales». Defraudó a quienes le piden que dé «más caña», a los amantes de la gresca, pero se ganó a otros que quieren un país sin crispación, moderno, próspero y solidario. En esta línea, incluso se permitió criticar a aquellas fuerzas en las que «florecen los nostálgicos de la confrontación», situando así el sentimiento de nostalgia y el afán de confrontación en otros partidos, y no en el suyo. Le respondieron Artur Mas (CiU) y Carod Rovira (ERC), que vieron en la concentración una manifestación contra el Estatuto catalán. Y no les faltó razón. Pero esta vez no se la dio el discurso de Rajoy. El presidente del PP pareció querer ilustrar otra forma firme de discrepar, ajena a la ruda confrontación. Y acertó.