ES CONSUSTANCIAL a la dinámica histórica de los puertos trasladar las dársenas interiores hacia nuevos emplazamientos adaptados a las cambiantes necesidades del tráfico y de capacidad. Más reciente es la construcción de nuevos emplazamientos portuarios asociados a operaciones de renovación urbana en los espacios vacantes. Primero fue Rotterdam, al que siguieron otros de la costa atlántica y después del Mediterráneo. En España el primer puerto exterior fue el de Bilbao, que posibilitó una de las más renombradas operaciones de renovación urbana; algo parecido se hizo en Barcelona abriendo la ciudad al mar. Valencia inició el mismo camino y Gijón proyectó en esa dirección su futuro urbano. Nosotros tenemos el puerto exterior ferrolano, de génesis, justificaciones y motivaciones bien distintas. Otros, como Pasajes, diseñan estrategias parecidas. Llegados aquí, recuerdo un artículo que el mismo día del Mar Egeo publiqué en este periódico sobre la necesidad de trasladar las actividades portuarias a un nuevo lugar, por razones ambientales y de riesgo incompatibles con su ubicación en el centro urbano. La idea cuajó y pasó a la fase de proyecto. Las circunstancias políticas no eran favorables para la ciudad, pero un nuevo accidente marítimo, el del Prestige , volvió a poner el tema de actualidad. Oportunidad que al alcalde de A Coruña no le pasó de largo y aprovechó la reunión de un Consejo de Ministros en la Casa del Consistorio para forzar las cosas y conseguir el puerto exterior. Los vecinos que sufrían la contaminación ambiental y acústica nocturna, los que engrosaban la lista de enfermedades respiratorias y los que temían por el riesgo de una terminal petrolera dentro de la ciudad, con tres catástrofes en la agenda urbana, empezaron a respirar mejor. Más aún las autoridades portuarias ante la futura amenaza para el puerto de las normativas ambientales europeas. Cierto que algunos políticos instalados en el antipaquismo hicieron de la reunión de María Pita una causa de ataque, pero el puerto empezó a andar asociado a un ambicioso proyecto de ciudad. La confirmación de los fondos europeos sumó una fecha a la historia menuda de la ciudad, por las oportunidades que abría y las amenazas que cerraba. Era bueno para todos los coruñeses y para Galicia. Por eso sorprende que uno de los copresidentes de la Xunta protestara de tan justa aportación pidiendo lo mismo para los demás. El otro copresidente, mucho más sensato y mejor conocedor de estos temas, se sumó a los parabienes, pero tuvo que declarar que él haría todo lo posible para que Vigo fuera el motor económico, cultural y tecnológico de Galicia, que es mucho decir y mucho agraviar. Lo malo de esa declaración fue su fin: acallar la reacción viguesa ante el logro coruñés. ¿Hasta cuándo podemos seguir así? Si las ciudades que tendrían que marcar la pauta de la Galicia moderna caen en el mismo localismo que achacamos a los pueblos, ¿adónde vamos? ¿Quién piensa en Galicia? Parece, visto lo visto, que sólo lo hacen los gurús que Javier Riera, el presidente de Citroën, trae en tandas de tres a Vigo para que nos dibujen el futuro de Galicia. La verdad es que hasta ahora no han aportado nada que no supiéramos, y es lógico. Por eso, menos bule-bule y más espíritu de cooperación, de solidaridad territorial y de proyecto político de país.