La ciudad desde ese cuarto oscuro

OPINIÓN

10 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

LA HISTORIA del cine está traspasada de ciudades y arquitectura. Las casas, los monumentos, las calles, plazas y jardines, tienen un lugar importante en la cinematografía. Algunas escenas memorables filmadas por Lang, Hitchcock, Wilder, Visconti, Fellini, Berlanga..., no serían iguales sin el paisaje real o de ficción. En el cine trasponemos los límites de lo cotidiano. Encajados en cubículos cada vez más reducidos, como en un velatorio, asistimos a la proyección, entre el volumen del sonido, el crujir de las palomitas y las risas nerviosas que se desatan en los momentos culminantes. Los multicines tienen sus ventajas, pero carecen del glamour de la gran sala, hangar, palacio, boutique, con nombres como Maravillas, Capitol, París, con olor a ozonopino y cacahuetes, donde se proyectaban películas en blanco y negro o technicolor y en el sistema panorámico Todd-AO, dobladas con voces atipladas, mutiladas o retocadas por censores celosos de la moral y con nulo sentido del guión. A pesar de todo, era como una caja de nuestros anhelos personales. Desde hace tiempo se dice que cine es sinónimo de crisis, pero hay que ver lo concurridas que están las sesiones de Cineuropa, el festival compostelano que mezcla con inteligencia estrenos inéditos en las salas comerciales con homenajes a los clásicos y la promoción del buen cine que nunca llegará a los circuitos de distribución. Las cuatro últimas películas que he visto o vuelto a ver son, cada una a su manera, reflejo de tres grandes ciudades. En Una jornada particular, Ettore Scola hace un espléndido ejercicio de elipsis, un retrato en off de la Roma que se echa a la calle para vitorear a Hitler y Mussolini mientras una pareja imposible, Sofia Loren y Marcello Mastroianni, permanece confinada en un desierto bloque de viviendas sociales que bien podría haber firmado Terragni, el arquitecto del fascio. Qué bellos espacios, qué escalera; cuánta expresividad se ha perdido con las normas tecnológicas. Bird, el desgarrado biopick de Charlie Parker, muestra la fotogénica Nueva York por su lado más salvaje, los callejones y las puertas traseras, la cara oculta del jazz y el éxito. Clint Eastwood, detrás de la cámara, viene a ser un Coetzee del cine por sus narraciones escuetas, sin concesiones a ninguna deriva moralizante. Roman Polanski ha recreado en Praga el Londres de Dickens para Oliver Twist. El director, eludiendo coartadas sentimentales, retrata el modelo más acabado de la miseria y sordidez que tuvieron que pasar las ciudades para llegar a ser símbolos del desarrollo. Un contraste abrumador con el Londres posmoderno de Woody Allen en Match Point, con la torre Swiss Re de Foster -tan pareja a la Agbar de Nouvel en Barcelona- como hito de su primera cinta cien por cien europea, una genial y cruel parábola sobre las claves del éxito: una buena dosis de amoralidad y un golpe de suerte. Cine y ciudad siempre han ido juntos. En ese cuarto oscuro la pantalla resplandeciente sigue cautivando a los espectadores, al situar el drama o la comedia humana en los espacios de la urbe y la arquitectura. Luego, cuando vamos a visitarlos, a veces nos decepcionan porque los habíamos idealizado en nuestra memoria fílmica.