DE CUANDO en vez, alguien se escandaliza porque Touriño y Quintana, y las huestes de uno y otro, toman caminos dispares o hacen declaraciones manifiestamente contradictorias. Como si cupiera esperar otra cosa de la escasa afinidad de las dos formaciones políticas que apoyan a la Xunta. El penúltimo escarceo -nunca diré el último, no sea que entre mi tecleado y la impresión de estas líneas se produzca el siguiente- ha sido a propósito del proyecto nacionalista de Estatuto, y sería ilusorio partir de que no hay diferencias en este asunto entre BNG y socialistas. Es normal que se lleven como el perro y el gato... aunque sean conscientes de que, como los animalitos domésticos, están obligados a vivir en una misma casa y además sólo si continúan juntos seguirán siendo alimentados por la misma gran familia que constituimos los gallegos. En ocasiones se olvidan de la convivencia debida y salen con un exabrupto, pero no pasan de ahí. Vuelven al redil... y hasta el siguiente episodio. Los otros no son distintos. Las peleas a última sangre en el seno del PPdG han sido proverbiales y ahora mismo Enrique López Veiga ha declarado que con Núñez Feijóo su partido irá en una línea más conservadora -¿no son de centro derecha?- y nada digamos de la carga de profundidad que en su día lanzó el ex conselleiro de Pesca popular a Xosé Cuíña. A mí, y me temo que no estoy en solitario, no me molesta que unos y otros, en el gobierno o en la oposición, se tiren los trastos a la cabeza, si al tiempo son eficaces, cumplen sus obligaciones, no prevarican... Lo que me encrespa es que después de tirar la piedra pongan cara angelical y nieguen lo evidente: no ha habido contradicciones, se llevan de cine, persiguen los mismos objetivos. En ese momento no están tapando sus desavenencias -que si las niegan aún existiendo es porque les parecen errores en su haber-. Están haciendo algo peor, llamándonos imbéciles a quienes, con una cierta displicencia, asistimos a las expresiones más o menos duras de sus diferencias.