MUCHAS VECES hemos dicho que el principal recurso turístico de Galicia era el paisaje litoral, la belleza de nuestras rías, uno de los frentes marítimos más sugestivos y de mayor poder evocador. Sus playas y ciudades atrajeron desde principios del siglo XX a los primeros veraneantes. La masificación turística no nos llegó más que puntualmente, porque el sol no era la oferta más competitiva para nuestra costa. No obstante, la creciente presión urbanizadora contribuyó a llenar de feísmo nuestro litoral más valorado: las Rías Baixas. Nos quedaban extensos frentes litorales en la Costa da Morte, en las rías del Ortegal y en la Mariña lucense. Más de una vez escribí aquí sobre la conveniencia de una figura ambiental que garantizase mejor su protección, porque la declaración de espacios naturales no parecía suficiente. Podríamos así pensar en una explotación turística de nuestro recurso más atractivo compatible con la conservación y valorización del paisaje y de nuestra cultura local. La realidad actual nos sitúa en un escenario diametralmente opuesto: la masiva urbanización del litoral, tanto de los mejores espacios preservados de las Rías Baixas como de la totalidad del frente marítimo de las altas. Grandes pelotazos urbanísticos han tenido ya lugar, con beneficios multimillonarios por la transacción de terrenos, por comisiones de origen y destino no bien conocidas, por anticipos a los ayuntamientos que por una suculenta liquidez a corto dejaron de obtener los beneficios sociales que la propia legislación urbanística permite. El modelo de golf y puertos deportivos, tan propugnado por algunos, trae ahora a nuestras costas una urbanización intensiva asociada a los grandes inversores del ladrillo. No dejo de pensar en la causa de esta voraz especulación turística. Para mí es una reproducción de lo que antes se hizo en otras costas con tan buenos resultados económicos, ya que allí se fraguaron algunos de los grandes capitales españoles actuales. Tal vez porque allí ya destrozaron el recurso, que no es renovable, porque el agua no llega como esperaban o porque la masificación, la conflictividad, la delincuencia y las redes mafiosas ensombrecen el paraíso. Tal vez por eso Galicia aparezca como el único tramo extenso del litoral fácilmente asequible. Ahora vienen a por nosotros. Debemos defendernos, porque esta poderosa afrenta a nuestros valores paisajísticos y culturales justifica una rigurosa respuesta legal y coercitiva de nuestro Gobierno, porque muchos ayuntamientos, por más competencias urbanísticas que reclamen, nos están demostrando que no son todavía los garantes que necesitamos. ¿Por qué vienen? Porque ya acabaron con el resto de la costa. La ley de protección que puso en marcha Núñez Feijoo demanda su aceleración, al igual que la definición de un modelo turístico integrado y de calidad que sea operativo. Nuestro litoral no puede esperar mucho más.