EN EL ENTORNO de esta semana han tenido lugar tres reuniones de alto nivel: la cumbre de Montreal sobre el cambio climático, la de Bruselas para el presupuesto de la Unión Europea y la de Hong Kong sobre el comercio mundial. Estas cumbres que se celebran en tres continentes distintos constituyen la demostración de que vivimos en un mundo global; en una situación de interdependencia, porque nuestro futuro no depende exclusivamente de nosotros y muchas decisiones están en manos extrañas. En Montreal se ventilaba el Protocolo de Kioto sobre la emisión de gases a la atmósfera que está favoreciendo un cambio climático de consecuencias desastrosas. Los acuerdos de Kioto que vencerían en el 2012, han podido ser prolongados y renovados con la posible participación de Rusia y EE.?UU. Países de rápida industrialización masiva, como China, India y Brasil, se comprometieron a regular la emisión de gases CO2 y la cumbre terminó en un ambiente optimista. En Bruselas, la UE ha debatido un presupuesto económico en el cual unos y otros han demostrado que Europa es una sinfonía incompleta, tocada por músicos sin director, donde cada cual trata de ser actor principal, tal como se ve en la llamada fotografía de familia; primero están los que pagan, después quienes reciben y detrás los que esperan algo. Al final, «coge el dinero y corre» es la partitura que todos quieren tocar. En Hong Kong, la reunión de la OMC (Organización Mundial de Comercio) que se clausura hoy ha constituido el foro de lucha por la agricultura, entre los países ricos que ponen barreras arancelarias a los productos agrícolas de los países pobres que necesitan exportar para sobrevivir. Hoy sabemos que la riqueza del primer mundo no está en la agricultura, más propia de los países del tercer mundo. Mientras discutían los trescientos representantes de los 187 países, en las calles de la populosa ciudad china se desarrollaba una verdadera batalla campal entre los defensores de los ricos y los pobres. Así está el mundo.