Generosidad

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

19 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

EUROPA es de una bondad infinita. Y de una generosidad suprema. Sin esa benevolencia y sin esa dadivosidad no se comprenderían las ayudas que ha decidido darnos. Ni tampoco que nos mantenga el subsidio hasta el 2013. Sólo el altruismo de los demás miembros de la UE nos permite seguir recibiendo donativos, pese a la situación de exuberancia económica que, según parece, disfrutamos. Zapatero está eufórico. Y la verdad, no es para menos. Porque se ha ido a Bruselas a defender algo que resulta indefendible. La necesidad europea de ayudar a un país que hace sólo unos meses estaba a punto de formar parte del grupo de los más ricos, del G-8. Un país que al fin ha abandonado el rincón de la historia para situarse entre los grandes. Y un país cuyo crecimiento, no hace más de año y medio, era la envidia de todos los demás, incluidos los alemanes a quienes nos permitimos pasarles por los fuciños su mala gestión económica. La tarea, pues, no ha debido de resultar nada fácil. Toda Europa se conoce de memoria el estribillo que cantamos aquí durante años, aquel que decía que «España va bien». Y toda Europa se sabe, también de carretilla, los tremendos avances económicos que nuestro país tuvo el privilegio de vivir en fechas recientes, gracias a la gestión brillante de brillantes gestores. Se escribieron grandes tratados económicos sobre el éxito español y sobre el fulgurante desarrollo que vivimos en sólo aquellos años. Así que después de lo de los panes y los peces, esto de las ayudas europeas a España no es sólo un milagro, sino que es también un misterio. Porque no es fácil de entender cómo nadando en la abundancia, como nos dijeron que nadamos, se nos ocurre lamentarnos de que no nos ayudan lo suficiente. Es como si Bill Gates se quejara de que no le dieron una subvención para un ordenador.