ACABA de llegar a mis manos una publicación que recoge abundantes cifras estadísticas de la provincia coruñesa. Después de unas primeras páginas de datos generales, el breve agregado numérico añadía unos resúmenes estadísticos comarcales, recogiendo resultados de otras fuentes ya publicadas. La brevedad del compendio me facilitó la lectura rápida de los datos, la cual no impidió que me percatase de abundantes imprecisiones, pero antes de plegar las páginas me fijé en un dato: el número de habitantes de cada comarca, y procedí a su recuento en un papel. De las dieciocho existentes en la provincia, todas superaban los diez mil habitantes, lo cual me pareció un buen punto de partida para considerarlas como territorios viables. Pensé, en contraste, en la fragmentación y mengua demográfica de nuestro mapa municipal. Se podría decir que era un mapa ruinoso. Tras esta primera reflexión continué mis anotaciones: siete comarcas tenían entre diez y veinte mil almas, como decían los recuentos antiguos; seis más se acercaban a las cincuenta mil, dos se quedaban entre este tamaño y los cien mil habitantes y tres los sobrepasaban. No me pareció una mala distribución territorial de la población. Aunque sólo fuera por el tamaño, aportaría sin duda una organización más eficiente para la gestión, para obtener economías de escala, para una ordenación del territorio menos caótica, para promover procesos de desarrollo local y equilibrar en lo posible el territorio, para crear esos servicios sociales y asistenciales que una población rural y envejecida reclama, para racionalizar el uso de los dineros públicos, para la distribución de las competencias del pacto local y para reducir los localismos. Además, frente a la desaconsejada y desaconsejable estrategia de la fusión aleatoria de municipios, tenían la ventaja de mantener y reforzar la identidad territorial, como factor aglutinante de la población y de las iniciativas. Me pareció revivir las ideas que bullían en mí cuando hice el mapa comarcal y el plan que a él se adjuntó. Pero ahora sólo pensaba en la viabilidad de su realidad demográfica. Como en la mesa tenía, delante de mí, el texto de la Ley de Grandes Ciudades, no pude evitar la tentación de relacionar ambos papeles. Y me pregunté: ¿cómo quedaría el mapa municipal si le aplicáramos el texto de las ciudades? La respuesta no me pareció mal, y por eso la escribo a continuación. Cada comarca-municipio tendría un presidente electo, un consello comarcal de gobierno , un consello social asesor y participativo. Cada ayuntamiento mantendría su autonomía para confeccionar su parte del presupuesto, para elegir a su alcalde, para constituir su corporación local y para participar en el diseño de los programas comarcales sin perder sus atribuciones locales. Además, seguí pensando, cada comarca-municipio podría constituir una eficiente circunscripción electoral para implantar una democracia representativa mucho más cercana a los ciudadanos que las listas confeccionadas por los partidos políticos sin otros criterios que los personalistas. ¿No les parece que sería una organización política, territorial y administrativa mucho más racional, mucho más eficiente, mucho más barata? ¿No piensan que sería una nueva manera de empezar a construir nuestro futuro? A mí me parece que sí. Es más, a mí me parece que de una vez lograríamos erradicar muchos de nuestros males endémicos. A lo mejor incluso podíamos empezar a pensar en hacer país, en proyectar país, en gestionar país. Pero mucho me temo que ese país en el que yo y otros muchos pensamos habrá de seguir esperando.