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La Voz

OPINIÓN

CARLOS G. REIGOSA

29 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

SUPONGO que es consecuencia del paso de los años. No lo sé. Lo cierto es que Jim Morrison, cuyo cadáver de 27 años veneré en el cementerio Père Lachaise de París, se me figura hoy un hombre antojadizo y banal que, teniéndolo todo, todo lo estropeó (Oliver Stone nos mostró su faz casi inverosímil en un filme sobre The Doors, su grupo musical). De mi querido James Dean, icono de la rebeldía de varias generaciones, apenas si acierto a decir nada propicio. Murió demasiado joven para no convertirse en su idolatrado Marlon Brando, a quien sin duda le hubiera echado un buen pulso (como se lo hubiera echado a Paul Newman). Pero no pudo ser. Pisó demasiado el acelerador de su deportivo. De mis admirados Jimi Hendrix y Janis Joplin, arrasados en plena juventud por sobredosis, mejor no hablar: hoy me parecen dos criaturas huérfanas de sentido y perdidas en una extraña orgía. Les hemos atribuido el lema «Vivir deprisa, morir pronto», como si en ello hubiese algo maravilloso. El lema yace hoy a los pies de otro más verdadero: «Es muy triste morir joven». Bob Dylan, el gran trampero de la supervivencia, nos lo advirtió muchas veces: «No soy un tipo de fiar, desconfiad de los iconos». Quizá le hemos hecho caso y por eso seguimos vivos.