NO SE puede decir que el año 2006 no se abra con amplias expectativas en el mundo. La enumeración sería muy extensa: la expectativa de una salida democrática en Irak (una esperanza sobre todo estadounidense e iraquí), la expectativa de que la Unión Europea supere su etapa de estancamiento económico, la expectativa que se deriva del desaforado crecimiento de China y la India, la expectativa española de que las tensiones territoriales se encaucen debidamente, la expectativa también española de que la subida de la inflación y de las hipotecas no dañe nuestro crecimiento económico, etcétera. La lista, como digo, puede ser tan larga como cada uno desee. Personalmente, y para empezar, me quedo con la expectativa de que los Estatutos catalán y vasco se acomoden a la Constitución y tengan el respaldo de todas las fuerzas políticas. ¿Es esperar demasiado? Quizá. Pero, hablando en plata, o se consigue eso o mejor no meneallo. Porque, a estas alturas, entiendo a Rajoy cuando considera inconstitucional que se excluya al PP de la negociación, entiendo a Zapatero cuando -por boca de Solbes, de Rubalcaba o de José Blanco- señala los límites que no se pueden sobrepasar, entiendo las advertencias de CiU («el PSOE deberá moverse mucho»), pero sigo sin entender a un Carod Rovira enrocado en que «lo que ya existe en Cataluña es fatiga de España» y que «si el modelo de financiación es el de Solbes, no hay Estatuto, eso está clarísimo». Algo paradójico, porque yo creía que lo que había en España era ya una acusada fatiga de Carod y de sus continuas amenazas de echarse a no se sabe qué monte. Pero, en fin, también se mantiene la expectativa de que este ininteligible y contradictorio político sea un magnífico conseguidor de acuerdos. Cuesta creerlo, pero hay precedentes ilustrativos que abonan la esperanza. La clave española sigue estando en un crecimiento económico que gane solidez y estabilidad y pierda dependencia del bum inmobiliario, y en unas pautas políticas que recuperen la senda del consenso, sin lastrarse con más desentendimiento y más crispación. Son expectativas razonables, aunque algunos ingenuos puedan considerarlas utópicas.