TODO indica que el viejo Arik va a perder su última batalla y con ello la guerra que ha sido su vida. Una guerra contra el enemigo que vive en la casa de al lado y al que no sólo no ha conseguido eliminar sino que ha tenido que convivir viéndolo crecer hasta resultar casi incontrolable. Y es que la historia del moderno Estado de Israel es la del propio Ariel Sharon, uno de los últimos fundadores de esta nación enraizada en territorio hostil y sin ningún aliado a la vista. Nacido en 1928, participó en todas las guerras que enfrentaron a árabes y judíos desde 1948 hasta 1973. Bregado en mil y una batallas contra los palestinos, llevó al terreno político, durante las tres últimas décadas, las tácticas militares que lo convirtieron en un líder implacable para unos y en un gobernante carismático para otros. Provocador nato, no dudó en visitar la explanada de las mezquitas airando a los palestinos, quienes iniciaron el segundo gran levantamiento o intifada. Tampoco ha temido construir un muro gigantesco separando la zona palestina de la israelí como único freno posible a los terroristas suicidas. Y cuando pocos apostaban por una mejora en las condiciones de vida de los palestinos, aprovechó la muerte de Yaser Arafat, y con ello la renovación política en las filas árabes, para abrir la mano iniciando una retirada unilateral de Gaza, aunque no de todo el territorio ocupado. Ha sido esta última actuación la que le granjeó las mayores críticas desde el partido político que lo ha apoyado, el Likud. Como resultado de estas desavenencias, Sharon decidió fundar su propio partido, el Kadima, con el que aspiraba a conservar el poder gracias a los 41 asientos que las encuestas le otorgaban en la Kneset. Pero, el destino le ha jugado una mala pasada y ahora que los médicos afirman que es prácticamente imposible que se recupere de un derrame cerebral, el panorama político israelí se complica. Son muchos los que opinan que sin la mano férrea de Arik, la paz puede avanzar más rápidamente; otros, que es necesario retomar las posturas más radicales. Los comicios del 28 de marzo determinarán hasta qué punto los judíos apuestan por una convivencia cada vez más pacífica y beneficiosa para ambos.