Nueva etapa popular

OPINIÓN

07 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

LA CELEBRACIÓN anunciada del Congreso del Partido Popular en Galicia marcará el comienzo de una nueva etapa. Desde las elecciones han transcurrido unos meses de indisimulada transición. No ha debido ser fácil iniciar la travesía a la oposición. Han sido más de cincos lustros en el poder identificados con la figura prócer de Fraga. La propia imagen del ex-presidente de la Xunta puede resumirla. Sometido a la inercia del cumplimiento de una función en el Parlamento, que fue suya y brillante en Madrid y que ahora no le corresponde. El tiempo ha pasado velozmente con cierta crueldad sobre lo que fue su liderazgo. Tiempo para la cavilación, incluido el anticipo de las elecciones. Ya todo es pasado. Probablemente, sin el acontecer traumático de la derrota, no se hubiera producido la sucesión de Fraga en los términos en que ha acaecido. Desconozco los entresijos, pero da la impresión de que se ha desarrollado una dinámica no prevista. Y, además, de modo concluyente. Núñez Feijoo salta al primer plano con un respaldo interior incontestable. Este resultado no estaba escrito en las estrellas antes de las elecciones perdidas. La nueva etapa constituye un desafío. No puede reducirse a la continuidad, ni pretender una ruptura. No es lo mismo conducir un partido desde el gobierno que desde la oposición, aunque los populares no están desnudos de poder local. Para su renovación quizá resulte más realista la situación actual. Porque de renovación se trata, ya que hablar de refundación, por el momento, no sea aconsejable, como experimentó en sus propias carnes el aspirante Cuíña. Por el bien del partido y por el suyo personal, al que tiene derecho, es conveniente que el presidente de honor se aleje de la escena actual. El Senado, en representación de Galicia, puede ser, de entrada, una solución digna, sin perjuicio de que se encuentre otra adicional como ex-presidente de la Xunta. Una salida que, en todo caso, debe ir acompañada del reconocimiento de los suyos y de la magnanimidad institucional, que habría de mostrarse con otro persoeiro, Beiras, un símbolo también de la etapa concluida. El reto de Núñez Feijoo es conseguir, a la vez, una integración interna que supere el equilibrismo y otra proyectada hacia el exterior. Ofrecer una alternativa que no se ahogue en una labor obstruccionista de mera oposición. Y, sobre todo, conseguir una personalidad propia de la fuerza política que va a liderar, sin que se encuentre obligada a seguir miméticamente los variables movimientos que el PP realiza en el escenario del Estado. ¿Hasta dónde podrá llegar esa autonomía? Es una cuestión que debería plantearse no sólo en Galicia sino también en Madrid respecto de lo que, hoy por hoy, son todavía las nacionalidades que se acogen en la disposición transitoria segunda de la Constitución. La solución navarra, amparada en la disposición adicional primera, ofrece materia para la reflexión. Las elecciones locales constituirán un test para enjuiciar sobre el acierto del rumbo tomado. Será la ocasión de mantener o de incrementar -o de perder- los únicos reductos de poder que están al alcance del Partido Popular en Galicia; de comprobar la consistencia de su oferta y si no se encuentra disminuida por iniciativas que prefieran no presentarse bajo sus siglas. Esa cita electoral acorta psicológicamente la legislatura autonómica apenas iniciada. Todo ello, con la reforma del Estatuto en el horizonte, dotará de un especial dinamismo al 2006.