¿QUIÉN iba a decir que acabaríamos por lamentar su ausencia? El general Ariel Sharon, primer ministro de Israel, hoy víctima de un masivo derrame cerebral, ha sido uno de los hombres mas odiados, dentro y fuera de Israel, por todos los partidarios de una paz justa en Oriente Próximo. Su carrera política ha estado siempre ligada a la derecha más activa. Se enroló, en 1945, a los 17 años, en la Haganah, el ejército clandestino de los judíos de Palestina, que no dudaba en practicar el terrorismo más violento. Joven oficial, y siendo ya Israel independiente, creó en 1953 los comandos 101 , una unidad de élite especializada en acciones de represalias contra los palestinos. Participó como oficial de paracaidistas, y luego como general de blindados, en las guerras de 1956, de 1967 y de 1973. Siendo ministro de Defensa, en 1982, Ariel Sharon apoyó la invasión del Líbano y la toma de Beirut, donde se produjeron las masacres de Sabra y Chatila, perpetradas contra civiles palestinos por milicias cristianas protegidas por el Ejército de Israel. Eso le condujo a tener que dimitir, ya que una comisión de encuesta estableció su «responsabilidad indirecta» en esa matanza. Ariel Sharon fue siempre partidario de la expulsión de los palestinos, basándose en una tesis muy arraigada en los medios más conservadores de Israel, según la cual los palestinos no existen como pueblo, pues no son más que «árabes instalados en el territorio histórico de los judíos». Por consiguiente, no se les echa de su tierra, sino que se les «reenvía con los suyos, los árabes, cuyo espacio es inmenso y puede acogerlos sin problema». Historiadores israelíes han acusado a Sharon de haber participado, en 1948, en acciones de violencia contra la población palestina para aterrorizarla y empujarla a huir de sus tierras. En septiembre de 1973 participó en la creación del Likud, el partido de la derecha israelí, del que fue nombrado presidente en septiembre de 1999. Y ya en febrero del 2001 fue elegido primer ministro. Se recuerda que uno de sus primeros gestos como primer ministro constituyó una enorme provocación premeditada. Penetró con hombres armados en la explanada de las mezquitas en Jerusalén, lugar sagrado del islam. Eso desencadenó, al instante -y quizá era lo que deseaba el primer ministro israelí- la segunda intifada, sublevación de la juventud palestina, acompañada de numerosos atentados contra civiles israelíes. Sharon aprovechó para reocupar, causando decenas de víctimas, las zonas autónomas de Cisjordania y Gaza concedidas, después de los acuerdos de Oslo, a la Autoridad Palestina. Cercó y encerró en la Mukata bombardeada al presidente Yasir Arafat, su enemigo mortal. Con esta ofensiva y la pasividad de su aliado estadounidense George W. Bush, arruinó el plan de paz para la región. Y decidió construir el muro de separación. Pero él mismo acabó por admitir que el uso de la fuerza tiene sus límites. La resistencia palestina nunca cesó. Al contrario, se ha ido radicalizando cada vez más. Y Sharon tuvo que evacuar la banda de Gaza y desmantelar las colonias. Lo cual lo condujo a romper con la parte más extremista de su electorado. Pero eso mismo lo colocaba en la mejor posición del tablero político de Israel. Todos los observadores vaticinaban su victoria, a la cabeza del nuevo partido, Kadima, en las elecciones de marzo próximo. Porque respondía a las dos demandas dominantes: seguridad contra los atentados, y paz con los palestinos. Ya no podrá ser. En ese aspecto, Ariel Sharon es insustituible.