LOS BAILEY son granjeros. Viven en un rancho remoto, 250 kilómetros al sur de la pequeña ciudad de Hastings (Nebraska), en el corazón profundo de Estados Unidos. Entre padres, hijos, abuelos y nietos, los Bailey suman 18 personas. Fervorosos luteranos y gente austera, cultivan maíz, frijoles, soja... Y son felices allá en sus praderas desoladas. La poderosa agencia paquistaní de espionaje, el ISI, recibe un informe urgentísimo de uno de sus agentes en EE.?UU: pistas fiables indican que el número dos de Al Qaida, el egipcio Al Zawahiri, va a ir a merendar al rancho de los Bailey. Nada más conocer la noticia, el presidente Musharraf, comprometido con la gran causa de la guerra contra el terrorismo, ordena lanzar un misil teledirigido sobre la granja de Nebraska. Es la ocasión de cazar al lugarteniente de Bin Laden. El rancho queda hecho puré. Mueren 18 personas, entre ellos, seis niños de la familia Bailey, despanzurrados entre los escombros. Pero por desgracia, ha habido un pequeño error: el número 2 de Al Qaida no estaba allí. ¡Pakistán ha matado a 18 americanos inocentes! Bush y la clase política de EE. UU. lo disculpan. Ya se sabe: los daños colaterales no pueden frenar la guerra contra el terrorismo.